Destreza china

El poeta y artista plástico Henri Michaux (1899-1984) escribe sobre ciertos observaciones de un viaje por Oriente que celebró con un libro absolutamente necesario, UN BARBARO EN ASIA. Aquí un pequeño fragmento de esa maravilla. El texto fue traducido por Borges, quien lo seleccionó para su biblioteca personal, en 1985.

El pueblo chino es artesano nato.
Todo lo que se puede encontrar carpinteando, ya lo han descubierto los chinos.
La carretilla, la imprenta, el grabado, la pólvora de cañón, la mecha, la bengala, el barrilete, el taxímetro, el molino de agua, la antropometría, la acupuntura, la circulación de la sangre, tal vez la brújula y muchas otras cosas.
La escritura china parece un idioma de empresarios, un conjunto de signos de taller.
El chino es artesano y artesano hábil. Tiene dedos de violinista.
Sin ser hábil no se puede ser chino: imposible.
Hasta para comer, como él lo hace con dos palillos, hay que tener una cierta habilidad. Esta habilidad, la ha buscado. El chino podía inventar el tenedor, que cien pueblos han encontrado, y utilizarlo. Pero ese instrumento, cuyo uso no requiere destreza alguna, le repugna.

 ¿Qué cosa más sencilla que ser vendedor de diarios? Un vendedor de diarios europeo, es un pilluelo gritón y romántico que se agita y vocea a voz en cuello: «¡Diario Diario! cuarta edición», y tropieza con uno.
Un vendedor de diarios chino es un experto. Examina la calle que recorre, observa dónde están las personas y, poniéndose la mano como pantalla, dirige la voz, a una ventana, a un grupo, más lejos a la izquierda, en fin, donde sea necesario, tranquilamente.
¿A qué ahuecar la voz y lanzarla donde no hay nadie?
En la China no hay nada sin destreza.

La cortesía del Extremo-Oriente no es un simple refinamiento dejado más o menos a la apreciación y al buen gusto de cada uno.
El cronómetro no es un simple refinamiento dejado a la apreciación de cada uno. Es un trabajo que ha necesitado años de aplicación.
Hasta el bandido chino es un bandido calificado, tiene una técnica. No es bandido por rabia social. No mata inútilmente. No busca la muerte de las personas, sino el rescate. No los daña más que lo estrictamente necesario, cortándoles un dedo tras otro, que expide a la familia con pedidos de dinero y amenazas calculadas.
Además, la astucia en la China no es sólo aliada del mal, sino de todo.
La virtud «es lo que está mejor combinado».

Por fin, para citar un gremio, a menudo despreciado: los changadores.
Los changadores, en todas partes, amontonan generalmente sobre la cabeza y sobre sus espaldas, todo lo que pueden. Su inteligencia no brilla bajo los muebles. De eso, no os quepa duda.
Los chinos han llegado a hacer del transporte, una operación de precisión. El chino ama sobre todas las cosas un justo equilibrio. En un armario, un cajón que se opone a tres o dos a siete. El chino que va a transportar un mueble, lo divide de tal manera, que la parte que sujeta atrás equilibrará la de adelante. Hasta un trozo de carne lo lleva atado a una cuerda. Las cosas van sujetas a un grueso tallo de bambú que lleva a la espalda. Se ve con frecuencia, de un lado, una enorme marmita que suspira o una estufa humeante y, del otro, cajas, platos, o un niño soñoliento. Es fácil darse cuenta de la habilidad que eso requiere.

Igual que a ciertas personas les basta abrir un libro de tal autor para ponerse a llorar sin saber por qué, a mí me basta oír una melodía china para sentirme aliviado de mis errores y de mis malas inclinaciones y de una especie de excedente que me aflige a diario. Pero hay un encanto, no mayor, pero quizá más constante, en la lengua china hablada. Comparados a este idioma, los demás son pedantes, afligidos de mil ridiculeces, de una monotonía estrambótica que hace morir de risa: idiomas de militares y de mandones. Eso es lo que son. El idioma chino no ha sido hecho como los demás, por una sintaxis atropellada y ordenadora.

No se han hecho en el chino las palabras con dureza, con autoridad, método y redundancia, de una aglomeración de sílabas retumbantes, ni por vía etimológica. No, son palabras de una sílaba, y esa sílaba es indecisa. La frase china es como una serie de débiles exclamaciones. Si una palabra consta de más de tres letras, una u otra consonante ahogada (la n o la g) la envuelve con un sonido de gong. 

En fin, para acercarse más a la naturaleza: es un idioma cantado. 

Hay cuatro tonos en la lengua mandarina, hay ocho en algunos dialectos del sur de la China. Nada de la monotonía de otros idiomas. Con el chino se sube, se baja, se vuelve a subir, se está a medio camino, se arranca. Queda, sigue cantando en plena naturaleza.

En Europa, todo acaba en tragedia. Jamás hubo filosofía en Europa (al menos después de los griegos, ya de por sí muy discutibles). La tragedia mundana de los franceses, el Edipo de los griegos, el culto ruso de la desgracia, lo trágico jactancioso de los italianos, la obsesión de lo trágico en los españoles, el hamletismo, etcétera, etcétera. 

Si el Cristo no hubiera sido crucificado, no tendría cien discípulos en Europa.

La gente se ha excitado con su Pasión.

¿Qué harían los españoles si no vieran las llagas de Cristo? Toda la literatura europea es de sufrimiento, no de buen sentido. Hay que llegar a los americanos: Walt Whitman y el autor de Walden  para oír otro acento. 

Por eso el chino, que no hace poesía sentimental, que no se queja, apenas ejerce atracción sobre el europeo. 

El chino no mira la Muerte como algo trágico. Un filósofo chino declara muy simplemente: 

Un viejo que no sabe morir es un tonto

Así lo entienden. (…)

Todo chino viviente tiene su ataúd. Se siente cómodo con la muerte. Cuando muere un hombre en una provincia lejana, le preparan, mientras no pueden mandarlo a su tierra, un cuarto, donde los miembros de la familia, el hijo, la hija, etcétera, vienen a ratos, areunirse, a meditar un momento, a comer, a conversar, a jugar al Mahjöng. 

La pintura, el teatro y la escritura china muestran más que cualquier otra cosa, esa extrema reserva,

esa concavidad interior, esa falta de aura de que he hablado antes. 

La pintura china es principalmente

de paisaje. 

Se indica el movimiento de las cosas, no su volumen y su peso, sino su «linealidad». 

El chino tiene la facultad de reducir el ser al ser significado (algo como la facultad matemática o

algebraica). 

Si debe librarse un combate, no lo libra, ni lo simula, siquiera. Lo significa. Eso sólo le interesa, el combate en sí le parece grosero. Y esta significación la establece por algo nimio, que no puede descifrar un simple europeo. 

Más aún cuando hay centenares de signos. Además, una porción de elementos han sido descompuestos y recompuestos por fragmentos, como se haría en álgebra.

Si se trata de una fuga, todo estará representado menos la fuga —el sudor, las miradas de derecha a izquierda- , pero no la fuga. Si se representa la vejez, estará todo, menos la expresión de la vejez, y el porte de la vejez, pero sí la barba y el dolor en la rodilla.

En los caracteres de la escritura china, ese desdén por el conjunto macizo, y por lo espontáneo, y ese don de elegir un detalle para significar el conjunto es todavía más notorio y hace que el chino, que podría ser un idioma universal, no haya franqueado la frontera natal, salvo en el caso de Japón y

de Corea, y sea considerada la más difícil de las lenguas.

Entre veinte mil caracteres, no hay cinco que se dejen adivinar a primera vista, todo lo contrario de los jeroglíficos egipcios cuyos elementos son fácilmente reconocibles. 

Ni aun en la escritura primitiva se pueden encontrar cien caracteres simples.

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