El remoto cucú (大杜鹃)

Salí una mañana de primavera en Beijing a cazar con mi cámara el pájaro que nunca había visto y siempre había escuchado en un viejo reloj en Buenos Aires. El pájaro sólo decía “cucú”, yo sólo sabía decir “niǎo”.

Conocí al Club de Observadores de Aves de Beijing una mañana de mayo. Aunque no había ido a China a mirar pájaros, los once husos horarios y la época del año jugaron a mi favor. El sol salía puntualmente a las cinco y me daba un par de horas para recorrer antes de reunirme con mis compañeros de viaje. El Bosque Olímpico estaba a pocas cuadras del hotel y era el escenario ideal para encontrar a mis amigos alados.

Había además un sonido que me obsesionaba desde el primer día: el canto de un ave que conocía de memoria pero que en Argentina no existe como no sea en el reloj que mi padre heredó de mi abuelo. Todas las mañanas lo escuchaba desde lejos y corría a buscarlo cámara en mano, pero me resultaba esquivo.

Existe en el mundo una especie de cofradía: la de los observadores de aves. Sus miembros se reúnen al amanecer en reservas y parques, y se reconocen fácilmente. Qué otra cosa puede estar haciendo una persona con binoculares o teleobjetivo a las seis de la madrugada, con la mirada perdida entre el follaje.

Ese día tuve suerte, encontré a uno de los míos. Me acerqué haciendo el gesto universal de mover los brazos a los costados del cuerpo como si fueran alas, y diciendo una de las pocas palabras en chino que había aprendido antes de viajar, “niǎo” (鸟, pájaro). Después le mostré en la pantalla de mi réflex una foto borrosa de un pájaro en vuelo; él me respondió algo que no entendí y me señaló unos juncos, haciendo el gesto de rodearlos.

Y así fue que encontré el grupo de la cofradía. Estaban parapetados detrás de sus cámaras, algunas de ellas imponentes, apuntando hacia un arbolito mínimo. Un instante después llegó el cucú, se posó en el palito de siempre, hizo su canto varias veces, como dando las siete, entre el clac clac de los obturadores, y se fue, pero sólo para volver un rato después. La primavera había llegado a Beijing y el cucú era su mensajero.

Publicado por Hernán Terrizzano

Especialista en tecnologías de la información, ornitólogo aficionado, fotógrafo. Apasionado por China y su cultura.

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