La fábrica de girasoles

La maravillosa historia de la Villa de Pintores de Shenzhen, una galería de arte a cielo abierto en la que decenas de artistas se animan a copiar obras clásicas, y de las otras, en cuestión horas. Pasen y lean.

En una librería de Pekín que abría las 24 horas, detrás de la Puerta de Atrás (Qianmen 前门), me crucé con un libro de Van Gogh sobre pinturas japonesas. Lo ojeé un rato y pude advertir que el muy chiflado se había puesto a copiar las láminas japoneses casi exactas, con alguna innovación en el trazo y el color. En occidente a eso le llamamos fuente de inspiración, en oriente, copia… Delgada línea de estilo.

El propio Van Gogh, junto a Monet y Gauguin, admiraban (emulaban) a Millet, quien resultó una gran fuente de inspiración.

En Dafen, la villa de pintores copistas (大芬油画村) ubicada en la ciudad de Shenzhen, al sur de China, del otro lado de Hong Kong, ocurre algo similar.

Llegué en metro hasta la estación Dafen un mediodía caluroso de julio, el altavoz repetía las estaciones en inglés, chino y un dialecto que supuse cantonés. Los días que estuve en Shenzhen pregunté a varias personas de dónde eran, nadie local. Un joven se animó a decir, no existen locales, esta ciudad es un crisol.

Apenas crucé el letrero de la villa de pintores, aparecieron un montón de ateliers abiertos o con la persiana baja. En mi imaginario residía el prejuicio de que me encontraría con centenas de erguidos pianistas del pincel, en cambio, dí con la chinitud en su máxima expresión artística… Chinos bajitos, despeinados, en musculosa y chancletas, fumando rodeados por ventiladores de todos los tamaños decoraban la escena. En uno de los callejones, un niño sujetaba un marco de madera vacío por los lados y saltaba hacia adentro y afuera del encuadre como si fuera una soga. El hijo del pintor, pensé.

Mujeres con el pelo recogido pintaban con exactitud retratos de personas con la muñeca apoyada en un apoyabrazos casero a unos centímetros del cuadro.
– No es sólo por cansancio, me dijo una, te podés lastimar si pasás muchas horas en la posición incorrecta.

Pintaban retratos de fotos, animales, frutas, monaslisas, cielos estrellados y muchos, muchos girasoles. Uno me explicó que la mayoría se vendía en Hong Kong, que había otros barrios de pintores por ahí porque ese estaba lleno, los artistas más famosos patrocinaban a los jóvenes y casi todos vivían ahí mismo en el atelier. Otro dijo que hacía entre cuarenta y cien cuadros por día de lo que le pidieran, que estudiaba las técnicas de los autores originales y se desafiaba a invocarlo en sus lienzos.

En uno de los pasillos, dos abuelitos parados con forma de cuchara de sopa me tentaron con unos raviolitos con pasta de maní, que rellenó la doña frente a mis ojos mientras me preguntaba si era una artista potentosa que venía a comprar o una estudiante rasca que quería aprender. La sabiduría de la edad.

Elegí despedirme con el hombre que pintaba rosas. Pedí permiso para sentarme a su lado y le pregunté por su vida. Se mataba de risa. Era licenciado en artes de una provincia vecina y vivía de eso, antes copiaba artistas pero ahora buscaba su propia esencia en cosas de la naturaleza. En uno de sus cuadros había un pavo real que parecía vivo. Es un trabajo duro si se lo toma en serio, dijo, pero creo que los que estamos acá, simplemente no podríamos hacer otra cosa.

Publicado por Lucia Argenchina

Politóloga Uba. Traductora de chino work in progress.

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