El oro y el opio

Algunas claves para entender los vínculos de China con el capitalismo.

Durante dos siglos y medio, entre 1565 y 1815, cuando los colonizadores llamaban al actual Océano Pacífico “Lago Español”, el Galeón de Manila hacía con sus naves una travesía que podía llevar casi medio año y en la cual llevaba al extremo Oriente metales (oro, plata, sobre todo plata, y monedas acuñadas mayormente en España, pero también algunas en el Nuevo Continente) y traía a América mercaderías varias (en general, textiles de seda, pero también algodón, joyas, pólvora, etc.). Los puertos de cabecera eran Acapulco, en México, y Manila, en Filipinas. En los textos de los historiadores de este período, como William Lytle Schurz o  Alex McAnarney, se afirma que el metálico llegó a la corte china, entonces dominadas primero por la dinastía Ming y luego por la Qing. Acaso fue el primer intercambio de bienes de un extremo al otro del mundo, entre la actual América Latina a la actual República Popular China, de ida y de vuelta (sin contar otros que pudieron darse incluso antes cruzando los mares y cuya existencia no está del todo demostrada, excepto mucho más atrás en el tiempo por la conexión asiática y americana mediante el estrecho de Bering, el traspaso que originó la llegada de los humanos al hemisferio Occidental).

En España, otra forma de denominar a esas caravanas navales (Manila Galleons es de cuño inglés) era Naos de China; y ya que estamos, en libros chinos se habla de Flotillas de Plata. Un dato más para la historia, el nacimiento y el fin: Fue el marinero y fraile español Andrés de Urdaneta quien inauguró el servicio en 1565. Y el último barco zarpó de Acapulco en 1815. El servicio acabó cuando estalló la Guerra de Independencia en México.

Han dicho también los historiadores que España conquistó gran parte de las Américas, pero que ello no sirvió a su ulterior desarrollo. Más bien las riquezas que sustrajo, en especial de los actuales territorios de Bolivia, Perú y México, pasaron por España y se fueron hacia otras zonas europeas, que eran sus acreedoras por las guerras y sus victorias, y al cabo del proceso independentista la pionera colonizadora península ibérica, con su vanguardia en Portugal, quedó rezagada: fueron sus vecinos del norte quienes hicieron su acumulación originaria y su Revolución Industrial, pariendo más tarde al capitalismo.

Carlos Marx escribió con fama que ese proceso se dio chorreando sangre y lodo, aunque sus reflexiones sobre el Nuevo Mundo y en especial sus habitantes fueron lo menos edificante de su obra, lo cual en su vejez revisó.

Volviendo al punto y lo que siguió. El capitalismo intentó llegar a China en el siglo XIX, y lo logró, con igual violencia, conquistando a cañonazos y muerte, provocando las “guerras del opio” hasta que una corte ya en decadencia no tuvo más remedio que abrir las puertas del viejo y cansado imperio. China vivía una época de repliegue, en ese movimiento diafragmático de abrirse y cerrarse que transitó por diversas etapas de su larga historia. Su encierro y la decrepitud de su última corte, la crisis moral y de legitimidad de sus autoridades y sus tradiciones materiales, culturales y religiosas, permitieron que la invasión europea, iniciada por los ingleses, y luego japonesa generara un siglo al que llaman de “humillación nacional”. Pasada la Segunda Guerra Mundial -cuyo capítulo en China, de los más dramáticos del mundo, los chinos llaman Guerra de Resistencia del Pueblo Chino contra la Agresión Japonesa- se instaló triunfante la República Popular, en 1949, y comenzó su resurgir hacia lo que antes había sido, durante milenios, el mayor polo de desarrollo económico y demográfico del planeta.

El ciclo posterior al del líder Mao Zedong, la apertura y reforma que encabezó Deng Xiaoping desde fines de la década de 1970 y del que hoy se recogen sus frutos a escalas pangruélicas, imposibles de conseguir sin que antes Mao, aun con sus errores y tragedias, avanzara en temas como el alfabetismo, las primeras industrias, la recuperación del orgullo chino, el ideal de igualdad, reconectaron nuevamente a China a un mundo cada vez más capitalista, caído el rival comunista en la otra mitad del mundo, que hacía eje en la Unión Soviética. Hemos planteado en otros artículos como ocioso (y a nuestro juicio, erróneo) el debate sobre el supuesto carácter capitalista de la economía china actual. Y aceptado la hipótesis de hibrides que han dado respetados autores. Los chinos la denominan “socialismo con peculiaridades chinas”.

Como sea, ese capitalismo a cuyo origen la plata del Potosí o el oro de las minas de Nueva España en tierra azteca, o mejor dicho los cientos de miles de indígenas explotados hasta su muerte para producirlas, aportaron lo suyo para nacer, llegó sí a China. Lo hizo a través de las miles de multinacionales que llegaron y empresas privadas locales y extranjeras que se instalaron y de las formas de privatización que tomaron ciertas áreas de la actual segunda y más dinámica economía mundial. Ahora, la propia expansión de capitales chinos vuelve a dar la vuelta al mundo y se instala no sólo en, pero también en, América Latina, quizá el único lugar de la tierra fuera de su entorno al que los chinos empiezan a pensar como una civilización con la cual dialogar de igual a igual. Una historia en perfecto círculo, como la cara del más sonriente Buddha, un buen dumpling, el sol incaico o el sol azteca.

Nota: Una versión de este artículo fue publicado en la revista DangDai número 20, septiembre 2017, Buenos Aires.

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