Efectos colaterales del coronavirus

El gobierno de China, con el pueblo alineado en sus decisiones, reaccionó ante el brote de coronavirus a la altura de la dimensión que está cobrando el país en el mundo del siglo XXI. La expansión de la epidemia a Occidente genera preguntas sobre la proporción entre el calibre real del problema sanitario y el modo en que lo han tomado Estados, poderes económicos y sociedad.

El filósofo Giorgio Agamben ha planteado estos días que la “desproporción” de la reacción frente a lo que “según el CNR (Consiglio Nazionale delle Ricerche, Consejo Nacional de Investigación).es una gripe normal, no muy diferente de las que se repiten cada año, es sorprendente”.

En el artículo “La invención de una epidemia”, publicado por Página 12, habla de “medidas de emergencia frenéticas, irracionales y completamente injustificadas para una supuesta epidemia debido al coronavirus”, ante una infección que —citando a la CNR— “según los datos epidemiológicos disponibles hoy en día sobre decenas de miles de casos, provoca síntomas leves/moderados (una especie de gripe) en el 80-90% de los casos”. 

“En el 10-15% de los casos, dice Agamben siguiendo el informe, puede desarrollarse una neumonía, cuyo curso es, sin embargo, benigno en la mayoría de los casos. Se estima que sólo el 4% de los pacientes requieren hospitalización en cuidados intensivos”.

La pregunta de Agamben es, considerando que estos datos son ciertas, “¿por qué los medios de comunicación y las autoridades se esfuerzan por difundir un clima de pánico, provocando un verdadero estado de excepción, con graves limitaciones de los movimientos y una suspensión del funcionamiento normal de las condiciones de vida y de trabajo en regiones enteras?”

Este italiano que ha percibido en los campos de concentración un paradigma de la sociedad moderna (donde toda ley es suspendida y donde un hombre puede ser asesinado impunemente), postula como respuesta la “tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno”. 

“Parecería que, explica, habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites.”

La misma pregunta es planteada por el virólogo Pablo Goldschmidt en una entrevista a Radio con Vos. El investigador ha planteado a la Agencia CyTA que “las opiniones mal fundamentadas expresadas por expertos internacionales, replicadas por medios de comunicación y redes sociales repiten el pánico innecesario que ya vivimos anteriormente. El coronavirus identificado en China en el 2019 provoca ni más ni menos que un resfrío fuerte o gripe, sin diferencia hasta hoy con el resfrío o la gripe tal como la conocemos”.

En 2013 las revelaciones de Edward Snowden sobre la asociación entre Estados y empresas de comunicaciones para entrometerse en los datos privados de las personas provocaron gran revuelo, lo que en menor medida se repitió con el caso de la consultora británica Cambridge Analytica. 

El revuelo no es tal cuando los Estados aducen razones de fuerza mayor para avanzar sobre los derechos de los ciudadanos, como en los casos del atentado a las Torres Gemelas en 2001, el de Atocha en 2004, el de París en 2015 y en Londres en 2017. La línea que plantea Agamben es que si el terrorismo es buena razón, una epidemia es imbatible para naturalizar un estado de cosas en que el Estado penetra a su antojo en las vidas privadas de la gente, empequeñeciendo el campo de sus libertades.

Obviamente, la epidemia es río revuelto para la industria farmacológica, una de las más poderosas en el mundo.

En un breve repaso, la BBC mencionó a Inovio, cuyo valor se ha más que duplicado desde que comenzó la epidemia; Moderna, cuyas acciones llegaron a subir 42%, Novavax, con acciones que subieron 20%, y Regeneron Pharmaceuticals, que tuvo un alza de 10% en el precio de sus acciones.

Por su parte, El País revela que Novacyt, una pequeña empresa francesa valorada en 71 millones de euros dedicada al desarrollo de productos de diagnóstico, se llegó a revalorizar un 983,8%, cuando anunció el lanzamiento de un test molecular que sirve para diagnosticar el coronavirus.

Además de los laboratorios, los medios señalan como beneficiarias de la epidemia a las plataformas de streaming, compañías de servicio de teleconferencias y de educación online, pero ninguno se refiere a las corporaciones mediáticas.

Aunque en el ámbito de los mercados de valores esas empresas pierdan, es difícil concebir que una espiral alimentada por un público voraz que clama por información permanente y una industria de medios que lo alimenta, creando una dinámica incesante y acelerada de 24 horas por día, no resulte en una ganancia de los medios. La situación de esta epidemia es exactamente el Paraíso de las corporaciones mediáticas.

La psicología social, la antropología, la sociología tienen explicaciones para el goce masivo que provocan las situaciones catastróficas o apocalípticas, desde la excitación, el poder de soportar, la curiosidad hasta el desahogo ante el cambio brutal que acaba con unas vidas que nos hastían o con un orden social o una realidad con la que no estamos de acuerdo pero no podemos cambiar, pasando por el saber que hay una instancia de seguridad y el comprobar que se pertenece a un colectivo.

También hay un alivio por verificar que lo que se temía y dudaba de su existencia, era verdad. No asombra la existencia de ese temor en Occidente, desde que el imaginario de nuestras sociedades ha sido amasado durante siglos, e intensamente desde el dominio de los medios de comunicación masiva, por una cadena de distopías. 

Todas nuestras vidas hemos esperado el día en que comenzara a suceder algo, unos extraterrestres, un cataclismo ecológico, una guerra contra robots, una peste, que acabaría con nuestro mundo. Pues aquí está el lobo.

Resulta interesante el choque entre China y Occidente en este plano de la realidad, desde que las antípodas planetarias expresan con fidelidad la proporción inversa de pesimismo y optimismo. Tan pesimistas somos los occidentales respecto de nuestro futuro como optimistas son los chinos respecto del suyo.

En un marco de rivalidad. el hecho de que el brote surgiera en China le daba la razón jubilosamente a Occidente, a lo que China contesta desde la fe en sí misma que le imprime su utopía basada en cuatro décadas de crecimiento económico prodigioso y en el rotundo éxito socialista de ir extinguiendo la pobreza en su población.

El gobierno chino hizo un despliegue ciclópeo para controlar el brote, que incluyó acciones destinadas a la leyenda, como poner en cuarentena ciudades de millones de personas en pocos días, construir hospitales de la noche a la mañana y movilizar miles de trabajadores de la salud.

El destino de leyenda de una acción demuestra que todo opera en una dimensión simbólica. El Che Guevara repetía que en una Revolución era necesario balancear el desarrollo de la vida material con la consciencia y las razones morales que siguieran el impulso revolucionario hacia la generación de un Hombre Nuevo. 

Cuando la vida material de la población china comenzó a entrar en un cauce tangiblemente ascendente, el presidente Xi Jinping inauguró su era con un slogan tan moral como los que reclamaba el comandante de la Revolución Cubana. Aunque no se lo pudiera llamar guevarista, el actual mandatario imprimió como leit motiv de su gestión “Un Sueño Chino”. Podemos recalcar: sueño, y en ese plano la lucha contra el brote del nuevo coronavirus se torna épica.

Si las nuevas generaciones habían perdido de vista el fundamento socialista y estaba apareciendo un individualismo materialista (contra el que el Che advertía en Cuba), el modo explosivo y masivo con que el gobierno chino respondió a la enfermedad, implementando una disciplina firme sobre cada aspecto de la vida de las personas, es un argumento muy convincente de que las cosas no están garantizadas y de que la realidad puede requerir sacrificios personales en pos del bien de todos. 

Las nuevas generaciones pudieron testimoniar, también el modo en que todos los demás se alineaban con obediencia absoluta a la disciplina que establecían las autoridades. La angustia por el encierro inapelable de todas las familias de Wuhan en sus departamentos se aliviaba con los cantos a viva voz desde las ventanas. Las mujeres, llorando, llenaban el gélido aire de la ciudad cantando desde los altos pisos de las modernas torres, las antiguas canciones revolucionarias que escuchaban de niñas en las radios de sonido estridente que hizo repartir Mao para que cada chino lo escuchara cuando hablara.

El manejo simbólico del gobierno de Xi Jinping ha sido blanco de ataque de Occidente, naturalmente. Arrecian las acusaciones de que el Partido Comunista saca partido del brote metiendo el patriotismo en el medio y transformando una crisis sanitaria en una batalla heroica contra el virus. 

Las fotos de médicos agotados de cansancio, los carteles en que aparece el Pueblo gritando que ganará esta guerra, las representaciones con las que el gobierno de Xi Jinping busca fortalecer el ánimo de la gente, son increpadas como propaganda comunista. 

Desde China se contesta con frases como “La tarea que los chinos escribieron con su sangre y sudor está frente a tus ojos, ¿y no eres capaz de soportarla?” o como reporta el New York Times del diario China Daily: “China ha actuado como un gran país responsable. Sin embargo, debido a los prejuicios ideológicos y políticos contra China, las élites estadounidenses no creen que los movimientos y la experiencia de China sean confiables y útiles”.

Lo cierto es que tanto los atribulados distopistas occidentales como los enérgicos utopistas chinos parecieran tener razones para que el brote de un virus que en sus peores días en China mató a un promedio de 60 personas contra un total de casi 28.000 chinos muertos, tomara una magnitud que aún resta explicar. 

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