El murciélago

La dimensión de la pandemia desborda el cauce biológico y social. Al intentar explicarla aparece inevitablemente el resurgimiento de China en el planeta y en la Historia, y la inevitable reconfiguración de la faz del mundo. Podríamos estar ante un nuevo paradigma.

En 1933 el japonés Junichirò Tanizaki escribió “El elogio de la sombra”, un manifiesto estético destinado a la fecundidad. Uno tras otro quienes han tenido frente a sus ojos a Oriente y Occidente en el mismo cuadro, han recurrido a ese ensayo.

Tanizaki plantea que la tradición japonesa la creación de belleza necesita integrar a la sombra, lo que representa una diferencia insalvable con el Occidente que identifica la belleza con la luz y su mundo, el brillo, lo puro, lo blanco, lo resplandeciente, la irradiación, mientras lo negro, lo oscuro, lo opaco siempre han tenido una connotación negativa. En cambio, en el ojo oriental el objeto que brilla con luz propia en la oscuridad, es despojado de su poder a plena luz. La belleza pierde toda su existencia si se suprimen los efectos de la sombra.

“El elogio de la sombra” explora la relación entre la sombra y la luz, el contraluz, la semipenumbra y lo tenue, en la arquitectura, la pintura, la cerámica, las lámparas y otras creaciones.

Estamos en un momento de la comunicación masiva en que la división entre emisores y receptores se ha dislocado desde que las tecnologías de la comunicación han habilitado como emisores a casi todas las personas de la mayoría de los países del mundo.

En un esquema que no encuentra límites a la amplificación de la información falaz y los prejuicios, la sinofobia fue nutrida desde que en enero China informó del brote del coronavirus COVID-19. 

Obrando en favor del odio contra el diferente y buscando el chivo expiatorio que se persigue en cada epidemia, la fantasía, la fabulación y la exageración recrearon la imagen del chino como una bestia cuyo salvajismo es probado por el hecho de que devora lo silvestre.

Si la oscuridad es expresión del salvajismo, desde que la luminosidad es sinónimo de lo civilizado, el devorar alimañas de la oscuridad enfatiza la condición inhumana. Podría haber aparecido, así, un guisado de arañas o una salsa de serpientes; pues bien, apareció la sopa de murciélagos.

Apareció el murciélago. La enfermedad que se hace pandemia y avanza hacia Occidente para matar al hombre blanco y civilizado, nace del fondo de las tinieblas, las entrañas de los murciélagos y entra en la sociedad a través de la condición de barbarie de los chinos.

Ahora bien, el murciélago, que en Occidente es uno de los atributos más recargados de lo tenebroso y lo inescrutable, criatura diabólica de la noche, negra rata del infierno que tiene el maligno poder de volar, resulta que en China es uno de los animales de la suerte.

Sin la tosca escala que va de lo oscuro a lo claro para significar la progresión de lo bajo hacia lo alto, e integrando la sombra a la luz en un pensamiento que halla la belleza en la armonía formada por la dinámica de los opuestos (yinyang), los chinos asimilan los murciélagos a la buena fortuna en un inocente juego de homofonía (tanto “murciélago”, 蝠, como “felicidad”, 福,  se pronuncian de la misma manera, fú).

Los murciélagos no se domestican ni se los tiene en jaulas, pero hay infinitos motivos artísticos y decorativos que usan la figura del murciélago para poner a los objetos o las telas un toque simpático o dichoso de felicidad.

Quizás este conflicto simbólico diga algo de la dimensión hasta ahora insondable de la pandemia del COVID-19. Mientras China parece haberla controlado, las muertes en Italia causan un espanto abismal, y aquellos países que esperan que el pico de la crisis los alcance padecen el horror de no saber a qué atenerse.

La epidemia no parece afectar de la misma manera a China y a Occidente. Mientras tanto, se tiene la sensación de que aún estamos lejos de formarnos una imagen planetaria completa que dé cuenta de las razones de la pandemia e integre todas sus dimensiones, desde la biológica y la sanitaria hasta la tecnológica, la financiera, la social, la geopolítica, la cultural y la política interna de cada nación.

Un fenómeno que se presenta indescifrable hasta el absurdo habilita hipótesis disparatadas. Tratando de abordar lo que está causando el brote de este virus, podríamos arriesgar la idea extremadamente tentativa de que un estado de cosas a punto de quebrarse o de transformarse en otro estado desde hace mucho tiempo, finalmente llegó a su punto de inflexión, al estilo de las placas tectónicas que acumulan tensión hasta que se produce un rompimiento. En la superficie, la tierra tiembla y se abre, las ciudades se vienen abajo, se producen tsunamis, toda la realidad se transfigura súbita y violentamente.

Quizás la convulsión sea una sacudida relacionada con el intento de corregir la tendencia a la pérdida de un equilibrio. Al modo de decir nuestro, el capitalismo tiende a irse en vicio, o sea, crea productos que no son funcionales a sus fines, sino a sí mismos, por ejemplo, la explotación descabelladamente irracional de los recursos naturales, las burbujas financieras, la desquiciada inequidad social. La pandemia pareciera ser proporcional al tamaño de esa costra viciosa: incipiente y menor en China, enorme y estructural en Occidente.

Esta imagen peca de simpleza, aunque más peca de esperanzada. Se basa en la expectativa optimista de que, terminada la pandemia, las cosas irán sanando para volver a la normalidad anterior a que el desarrollo del capitalismo empezara a crear su propio desbalance.

Algunos signos que apenas podemos intuir en el presente apuntarían en otra dirección. 

Luego de que se la diera por devorada por el capitalismo a principio de los años 1980, China creció a un ritmo frenético, en tiempo y en tamaño, mientras fue revelando que su modo de ser capitalista era muy extraño hacia dentro de sus fronteras. Si el capitalismo se caracteriza por crear una fuerte desigualdad y el sometimiento de las masas a la pobreza, China presentó la paradoja de cumplir la primera propiedad, pero no la segunda. En números del Banco Mundial, en menos de 40 años, había sacado a más de 800 millones de personas de la pobreza. 

En términos de discursos, China sostuvo que nunca abandonó el socialismo, con un funcionamiento económico que tiene entre sus pilares una administración férreamente centralizada.

Acusada de totalitarismo, China, congruentemente, mantuvo un Estado único con un poder enorme sobre la sociedad en su conjunto y en cada individuo. Con toda la tradición histórica y el refuerzo del socialismo, el Partido Comunista Chino gobierna anteponiendo el bien común al individual. Los derechos humanos, que en los países capitalistas fueron tomando la forma de la defensa del individuo contra los abusos del Estado, nunca tuvieron entidad en China. Tanto el proceso que se coronó con su promulgación, como los movimientos que los reivindicaron en su lucha social, sucedieron lejos de la realidad china.

Pues China necesitó de ese colosal poder del Estado para poner ciudades en cuarentena en horas, levantar hospitales en días y movilizar de la noche a la mañana miles de trabajadores de la salud. Su poder fue clave en la contención de la epidemia, tanto como lo fue para sacar a millones y millones de la pobreza. 

Si tal poder pareció enorme mientras el brote progresaba dentro de China, su capacidad aparece como fenomenal una vez que la enfermedad ataca países de Occidente. Los Estados europeos flaquean ante una pandemia que parece estallar sin límites. 

En uno y otro país, los gobiernos corren desde una condición en el que el respeto se confunde con lo timorato, hacia un protagonismo que parecían haber perdido en los pliegues de la historia.

En Francia Macron da marcha atrás con sus planes y habla del sistema de salud como un tesoro del Estado, en España Sánchez manda a los militares a intervenir empresas, en Estados Unidos Donald Trump no tiene inconveniente en abrir la mano del Tesoro para enviarle cheques a los ciudadanos como forma de contener la expansión del virus. 

Viendo la situación de Europa, en Argentina, el presidente Alberto Fernández recurre a todas las fuerzas del Estado, las coercitivas y las ideológicas, para imponer una prevención a rajatabla, y advierte: “sin salirnos de la democracia”.

Lo que la pandemia pondría en juego, entonces, sería una redefinición del Estado, posiblemente en cada país, pero todos sin poder desatender el referente monumental del Estado chino.

Estados Unidos es el mayor país del mundo, el más dominante y el más poderoso, pero China es el que más creció en las últimas décadas, y si continuara con su ritmo de potenciación, para los Estados Unidos sería imposible mantenerse como el Número Uno. 

Los cambios de paradigma no son planificados. Ocurren, están más allá del diseño, la voluntad y la previsión de los hombres, organizaciones, países, imperios que deciden la marcha de la realidad. 

Los cambios de paradigma son demasiado profundos para ser alcanzados por las decisiones puntuales, aunque son el producto del cúmulo de esas decisiones a lo largo de períodos de extensión impredecible. 

Si esta pandemia marcara un hito en cambo de paradigma determinado por el paso del eje planetario de Estados Unidos a China, entonces deberíamos ver signos del dominio de la condición china en todo el planeta.

No sería un cambio de manos del poder, como lo fue de Europa a Estados Unidos en el siglo XX, sino una transformación de la realidad. La instalación de un estado de cosas con una legalidad diferente, una cosmovisión, un sentido común, una validación propia. Otra realidad se instala hasta naturalizarse.

Quizás la transformación de los Estados occidentales derivando desde su actual forma burguesa hacia la forma del Estado socialista chino sea apenas un signo, mínimo entre muchos otros que no se pueden presentir hoy. 

Algo así como un ligero gusto por un contraluz, que acabaríamos sintiendo más evidentemente hermoso y familiar, que la luz plena.

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