Taoísmo de entrecasa: Los dados de Borges

Periodista y escritor, Camilo Sánchez sabe que el taoísmo es una ausencia, una flecha en la niebla. Aun así, aunque se trate de una derrota segura porque nadie llega allí con las palabras, escribe estos apuntes sobre el taoísmo en la espera de esa música que se anida entre una y otra palabra.

A los 26 años, joven pero en medio de un dominio cada vez más pleno de su voz propia, Jorge Luis Borges en su segundo poemario, Luna de enfrente, escribe Jactancia de quietud,  un tributo íntimo a un atardecer en la llanura.

En el poema, el yo poético viene de una jornada en el campo, de un día lúcido como un lazo en el aire, y necesita decir en un momento del poema: “Seguro de mi vida y de mi muerte miro a los ambiciosos y quisiera entenderlos.”

A los 26 años, Borges tira, jugando, sobre la mesa, algunos dados filosos del taoísmo. Por un lado, hace una pequeña incursión en la muerte, la letra chica del contrato de la vida, sin veleidades lo hace, buscando en esa fatalidad un consejo más que una intimidación. Por otro lado, hay algo en ese verso que le da su aspecto clave, definitivo: ese quisiera entenderlos en voz más leve, en tono secreto; el poema sonaría pretencioso sin ese gesto.

En ese mismo poema, al final del último verso, el joven Borges vuelve a tomar prestada de alguna manera la voz de Lao Tsé. El yo lírico mira el horizonte y dice, cerrando el poema: Paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar.

La totalidad de los poemas deberían escribirse – dirá Borges, cerca del final de su vida – con el aliento con que Lao Tsé dejó a un costado del camino los 81 textos del Tao Te King”.

Alguien que dice adiós desde la bella intemperie y a la vez sugiere el camino, con el corazón en la mano. Esa parece ser la madera profunda, lo que le da un lustre antiguo y perdurable a los 81 poemas de Lao Tse.

 “¿Puede llamarse a eso anhelo de libertad?”, preguntará Borges en la penumbra de su departamento de la calle Maipú, levantando los ojos sin rumbo, con la mitad de una sonrisa, mientras Beppo, su gato, lo rodea de eternidad.

Pero lo importante, sabía Borges al final de su vida y lo repetía largamente en sus conversaciones, no es escribir poemas sino intentar vivirlos. Cinco décadas después del poema de juventud taoísta, emprendió un largo viaje junto a María Kodama. Cuando llegaron a Egipto lo hicieron incursionar, como a todo turista en Egipto, brevemente, en el desierto. María Kodama vio entonces una actitud en el escritor que la dejó perpleja: Borges levantó sigiloso, intentando que nadie notara su gesto, un ramillete de arena que soltó de su mano unos pasos más allá.

Cuando María Kodama quiso saber lo que hacía, Borges se sintió levemente descubierto, como un niño en medio de una travesura.

Y en voz baja, le dijo: María, estoy modificando el Sahara.

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