El Día del Fulgor

La celebración del Qīngmíng jié, el Día de los Muertos en China, moviliza fantasmas en tiempos de pandemia. Consciente de ello, Gustavo Ng humaniza lo inevitable en otro de sus lúcidos ensayos escritos en clave autobiográfica.

Hoy, 4 de abril, es el Día de los Muertos en China.

Se llama Qīngmíng jié y en chino se escribe 清明节. El primer sinograma significa puro, diáfano; el segundo, brillante y el tercero indica un festival, una celebración, un momento dedicado a algo especial.

Se lo traduce como Festividad del Día de los Muertos, que es más indicativo y menos hermoso que la traducción literal, que sería Día del Brillo Puro.

Casi no hay traducción del chino al español en que no se pierda la belleza, a la vez tenue y profunda, tan inherente a los nombres que los chinos le buscan a las cosas. Quizás algún poeta o poetisa que se ha animado a traducir versos chinos -como Rubén Pose, Ángeles Ascasubi, Lelia Gándara o Ivana Romero- lo traducirían como Día de la Brillante Pureza, Día del Resplandor Puro o, bien, Día del Fulgor.

También se lo denomina como Día de Limpieza de Tumbas, porque es precisamente lo que las familias hacen en los cementerios. En el lugar, ofrecen alimentos a los fallecidos, rezan por ellos, encienden incienso y queman dinero en su honor. Además les ponen flores y ramas de sauce, que se utilizan para las despedidas en general. Los chinos no son religiosos, pero observan muchos ritos relacionadas con un más allá.

Como es una celebración muy antigua (se dice que, por lo menos, tiene unos 2.500 años), la fecha está marcada en un calendario anterior al gregoriano (el primer día del quinto término solar del calendario lunisolar tradicional de China, lo que equivale a 15 días después del equinoccio de primavera). Cada año cae en una fecha diferente, entre el 4 y 6 de abril. Este año la pandemia del COVID-19 le agrega dramatismo al día y, para no exacerbarlo, las autoridades han pedido a los deudos que se salteen las actividades en los cementerios.

Los muertos tienen mucha importancia en mi familia materna, de origen vasco y gallego.

Alguien observó que los ibéricos incorporan la muerte a la vida. Mi tía Irma fue un ejemplo: puso retratos de los muertos de la familia en una pared, hasta que la llenó. 

En una mesita que apoyaba contra la pared estaba el portarretrato de su padre, el muerto principal, mi abuelo Emilio Lorenzo, con una vela que siempre estaba encendida. Detrás del portarretrato había un espejo, de modo que cuando mi tía se paraba frente a la pared, se veía también a ella misma.

Mi padre, chino, y mi madre, iberoargentina, pertenecían a dos galaxias completamente ajenas una a la otra. Fue un acto de audacia extrema que se hayan casado. En ese disparate, sin embargo, convergieron en la importancia que ambos le daban a los muertos.

Me enteré de esto tardíamente, del mismo modo en que recién pasado el medio siglo de vida he venido a conocer las cosas que conforman mi origen chino.
Sólo hace tres años supe que mi padre es quien encabeza cada año el Qīngmíng jié en el cementerio de Nueva York, donde están enterrados mis abuelos y tíos. Fue recién en esa ocasión, en una charla con una prima, que aprendí los detalles de este día. Jamás mi padre me había hablado de ello, no sé si porque decidió evitarme la herencia china o porque me consideraba parte del Occidente en que nací, que tiene su propio Día de los Muertos el 2 de noviembre.

Incluso, comprendí la real dimensión del Qīngmíng jié después de haber visitado la tumba de mis antepasados en China. En mi segundo viaje a la aldea donde nació mi padre, me llevaron allí mis parientes locales. Recuerdo que me reservaron un lugar en un auto lujoso, pero entonces vi que uno de mis tíos (todos eran tíos y tías), un viejo que había sido el maestro de la escuela, iba en una moto en la que llevaba a su anciana mujer. Enseguida, le cedí mi lugar en el auto a la mujer y fui en la moto, abrazado al maestro.

Anduvimos media hora por un camino de tierra en medio de la frondosa naturaleza del sur de Guangdong, entre campos de té y cultivos de frutas tropicales. En el camino se cruzaron algunas gallinas, algunos niños y algunas chivas.

Cuando llegamos, los que iban en el auto y en otras motos ya estaban allí. Habían dispuesto todo para una ceremonia que habían armada para mí.

No era un cementerio, sino un espacio silvestre, elevado en medio de las montañas suaves del lugar. No había más de cinco lápidas. Me explicaron a quién pertenecía cada una. Pude distinguir los nombres escritos en la piedra.

Comimos junto a la tumba una comida tradicional que había preparado una tía y bebimos simbólicamente una bebida que tenía mucho alcohol. Dejamos algo de comida en las tumbas. Luego me indicaron que hiciera reverencias delante de cada una con un manojo de incienso, que sostuve con las dos manos y al final planté en el piso. Entonces prendí fuego billetes falsos (zhǐzhā, 紙紮), tarea en la que varios me acompañaron. Para cerrar la ceremonia, repartí billetes de 50 yuan a cada uno de los presentes.

Antes de irme, acaricié con mis dedos el nombre de mi abuela cavado en una piedra gris. Había muerto cuando mi papá tenía tres años. Sólo he visto una foto de ella. Era una mujer muy alta, con una cara expresiva y melancólica, y una mirada penetrante.

Había tanta gente junto a las tumbas y yo me sentía tan el centro de la atención, que no pude enterarme qué pasó realmente en mi interior al hacer contacto con mis ancestros.

Cuando vivo algo que me sobrepasa, me quedo perfectamente calmo y frío, con un silencio absoluto. Me pasó cuando murió mi madre. No tengo la menor sensación de las placas tectónicas que se quiebran allá dentro.

En aquel viaje, todo lo que me causó la ceremonia recién lo sentí días después, mientras realizaba una larga travesía en bicicleta por las montañas de otra provincia. En un momento, vi unas piedras especialmente hermosas en la ladera de una montaña. La ladera era de un verde que brillaba mágicamente, con luz propia. Caminé hasta pararme junto las piedras y miré ladera abajo. Había un manso río viboreando, bordeado por un bosque de cañas de bambú y, más allá del río, un campo salvaje bajo el cielo enorme, que terminaba muy lejos, en el horizonte, con montañas veladas por la niebla. Era una imagen maravillosa, que inmediatamente daba ganas de llorar. Me alejé de las piedras para sacarles unas fotos. Parecían tres personas que miraban el paisaje en la eternidad.

Pero entonces uno de mis compañeros chinos, me susurró amablemente al oído:

— Disculpa, esas son tumbas. No sé si estaría bien que saques esa foto. Son nuestros muertos. Que un extranjero les saque una foto podría sentirse como una falta de respeto.

Obedecí automáticamente y metí el celular en el bolsillo.

Seguimos andando en bicicleta, pero algo en mí no estaba en reposo, más allá de la vergüenza que había sentido por haber intentado aquella falta de respeto. Algo me daba vueltas en la cabeza, pidiéndome que lo resolviera.

Cuando descansamos, le dije a mi compañero:

— Te vuelvo a pedir disculpas por haber intentado fotografiar aquellas tumbas. Sin embargo, quisiera hacerte un comentario. Dijiste “nuestros muertos” y me llamaste “extranjero”. Tenés razón con ambas cosas, pero también son mis muertos.

Me miró y nos sostuvimos la mirada un rato. Luego asintió con la cabeza y entonces le ofrecí un cigarrillo, que aceptó con gusto.

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