Taoísmo de entrecasa 2: El camino del boxeador

Periodista y escritor, Camilo Sánchez sabe que el taoísmo es una ausencia, una flecha en la niebla. Aún así, aunque se trate de una derrota segura porque nadie llega allí con las palabras, escribe estos apuntes sobre el taoísmo, en la espera de esa música que se anida entre una y otra palabra.

A los 16 años, no tenía la menor idea de lo que era el taoísmo. Por entonces, sólo leía, y era una especie de adicción, revistas deportivas.

Por eso mismo puedo recordar, que el año 1974 fue el año de Víctor Galíndez, un boxeador no muy técnico pero con una valentía en el ring temeraria.

Ese año, en 1974, Galíndez iba a tener por fin su demorada chance por el título mundial de los medio pesados.

En el Luna Park de Buenos Aires le preparan, entonces, una puesta en escena. Algo así como una pelea previa. Le traen a un boxeador del extranjero, desconocido, de medio pelo, un profesional endeble, con las claras intenciones de que Galíndez se luciera entre los suyos. Ganara confianza. Era un ejercicio de tonificación emotiva ante la gran batalla que se le avecinaba.

En esa pelea Galíndez, intimidado por la exigencia, acaso consciente del simulacro, nadie sabrá muy bien, fue el peor Galíndez de su historia, y apenas si ganó esa pelea por puntos.

Un editor periodístico de la revista El Gráfico encontró el eje esencial de lo acontecido. Y tituló la crónica de esa jornada con un juego verbal imprevisto: Galíndez quiso demostrar todo lo que sabe y demostró todo lo que le falta.

Nunca olvidó ese título que leyó en la adolescencia. Le faltaban siete u ocho años para llegar a su primera versión del Tao Te King, y muchos más para entender que si retuvo en su memoria aquel título como un fogonazo es porque la frase está arraigada en la médula de la sabiduría taoísta.

El nombre de Lao Tse dicen que bien puede ser leyenda, literatura. Un nombre inventado por otro hombre o mujer, vaya a saberse, que nunca apareció: otra u otro, que se reía desde las sombras.

Lo cierto es que bajo ese nombre de Lao Tse se consignó finalmente una voz. Una voz que dejó una especie de legado para el mundo, una traza, una hoja de ruta, la posibilidad de encontrar una salida por el costado del muro.

Algo profundo tiene que haber sucedido en el fuego inicial de esas palabras, para que a tres mil años de su escritura, estemos hablando de esos textos.

Es que el hecho de exponer un camino posible entre tantos, de manera poética, convierte al Tao, nunca en el corset de una religión o diseño moral, sino en una disciplina o posibilidad ética.

La gran novelista Ursula K. Le Guin aceptó, como uno de los grandes desafíos de su vida una versión, una traducción personal, una interpretación posible del Tao Te King.

“Las mayorías de las traducciones – escribe en el prólogo de ese libro – han tomado en su red ciertos significados pero prosaicamente, dejando que se les escurriera la belleza. Y en poesía la belleza no es un adorno, es el significado. La belleza es la verdad”.

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