El peronismo y China más allá de la pandemia

La reacción planetaria ante la crisis que plantea la pandemia ha sido el fortalecimiento del Estado. Tal dirección podría ser una pista para evaluar escenarios por venir, en el marco del resurgimiento histórico de China. 

Antes de la eclosión de la pandemia en Argentina, la empresa cerealera Vicentín había solicitado la apertura de su concurso preventivo de acreedores con una deuda de 1.350 millones de dólares. El mayor acreedor entre los bancos es el Banco Nación (18.000 millones de pesos), uno de cuyos directores, Claudio Lozano, ha admitido que la estatización de la compañía “es una posibilidad”.

Lozano es parte del frente del cual surgió el gobierno peronista de Alberto Fernández, que asumió hace apenas tres meses y antes de acomodarse, ha debido reconstruir en medio un zafarrancho, un Estado que el trabajo demoledor de un gobierno neoliberal dejó en vías de destrucción.

Sin un incendio como el de la pandemia de COVID-19, en su plan económico el último gobierno peronista había incluido la reestatización de empresas públicas que habían sido virtualmente privatizadas de modo canallesco, como Aerolíneas Argentinas y Yacimientos Petrolíferos Fiscales —así como la creación y fortalecimiento de otras compañías estatales.

En diciembre, cuando se conoció la situación de Vicentín, se volvió a encender automáticamente la idea de la estatización. Antes de que se apague, algunos audaces se preguntan si no habrá que confiscar Techint, conocida la decisión de esta poderosa empresa, que durante años vivió del Estado, de despedir a 1400 trabajadores en medio de una situación que puede convertirse en una catástrofe social.

Hace diez días, una consultora de opinión pública informó que sus mediciones indicaban que el presidente Alberto Fernández tiene el 93% de imagen positiva entre la población. Con la oposición tratando de embarrar un poco la cancha, es un apoyo descomunal en la historia argentina y creemos que también en el mundo en este momento. ¿Cuántos líderes tendrán una imagen positiva tan grande? ¿Vladimir Putin? ¿Xi Jinping?

Esta imagen positiva representa un poder importante para el presidente Fernández. El apoyo de la población pareciera alimentar su autoridad y el modo en que él ha incrementado su autoridad le ha dado más sustento político. Aunque esto tenga la volatilidad de la coyuntura, desde el momento en que saltó al lomo de la bestia de la pandemia, sus decisiones han tenido escasa oposición y han sido sólidamente secundadas.

Mientras tanto, con su tesitura indeclinable de no meterse en los asuntos internos de otros países, China, primer comprador de lo que producimos y nuestro inversor más decidido, se ha limitado a ofrecer su ayuda para enfrentar la pandemia. Sin embargo, creemos que dentro de lo impredecible acerca de lo que va a pasar en los próximos años, es muy difícil que nuestras relaciones con China no se vean afectadas de un modo decisivo.

Casi todas las decisiones que está tomando el gobierno de Alberto Fernández estos días operan en una situación de emergencia. Es un tiempo especial como otros momentos en que se considera necesaria la suspensión temporaria de algunas leyes. Aparecida la amenaza de una epidemia que podría matar a muchos miles de personas, el Gobierno ha decidido defender el bien de toda la sociedad, y para eso, necesita cancelar por un periodo de tiempo algunos derechos y libertades, como el de la circulación y el establecimiento de algunos precios. 

En masa, los argentinos no sólo entendimos la necesidad de que sea instaurado un período especial, sino que lo asumimos, generando casi una situación democrática ideal: virtualmente todos participamos activamente de las decisiones que determinan la marcha de la realidad nacional. 

En este caso, esa participación está basada simplemente en permanecer adentro de las casas mientras dure la cuarentena. 

El equilibrio entre el bien público y el bien individual está permanentemente en juego en todas las sociedades. En este momento, ese equilibrio parece ser un campo crítico. 

El Estado argentino avanza sobre el derecho personal de la circulación en bien de toda la sociedad. Lo comprendemos, lo apoyamos. Algunos de los que apoyan, entienden que ese avance del poder del Estado debe ir más allá, castigando efectivamente a quienes violan la cuarentena, controlando con rigor los precios de los comestibles, y también dar pasos hacia la propiedad privada de empresas estratégicas si estas tomaran actitudes violatorias de este estado excepcional. 

El ministro de Salud, Ginés González García, decidió que los respiradores artificiales que se están produciendo no pueden ser vendidos al mejor postor, o sea, los quita de las leyes del mercado para que sean comprados por el Estado y asignados allí donde hagan falta según la evolución de la epidemia. 

Una hipótesis extrema, de vicio distópico, podría delirar hasta fantasear con una pandemia que cava una catástrofe económica hasta dejar en estado calamitoso a una gran parte de la población argentina. Una especie de posguerra davastadora en la que podrían comenzar a escasear los medios para una vida digna —comida, energía, seguridad, salud, educación, vivienda. Sería algo, además de horrible, ridículo, porque somos pocos habitantes viviendo en un país que podría soportar una población veinte veces mayor. 

Caracterizaría a ese desastre el hecho de que los bienes del país están concentrados en pocas manos. Un gobierno que adoptara la dirección en que arrancó el de Alberto Fernández para enfrentar la pandemia, lógicamente avanzaría en una redistribución de los recursos, descomprimiendo la concentración en favor de los sectores más carentes.

No haría falta pensar en un socialismo, alcanzaría con echar mano a lo más elemental del peronismo, al cual pertenece el gobierno de Fernández. Su vector histórico no ha sido la revolución social, sino el uso de la política para convencer a los más ricos que resignen, ni siquiera capital, sino una parte de sus ganancias, en favor de los que menos tienen. O sea, una un poco mejor y un poco más justa —además de más socialmente sustentable— distribución.

Daniel Santoro (Ilustración)

Lo que sucede en Argentina es reflejo de lo que sucede en todas partes. La pandemia está desnudando en todo el Occidente capitalista hasta qué punto el neoliberalismo favorece a los sectores concentrados y deja a las masas en estado de excrecencia.

Uno tras otro, los países capitalistas tratan de fortalecer sus Estados de la noche a la mañana, para que se hagan cargo de lo que el mercado no —porque el mercado existe para la concentración. 

Si Argentina estuvo bien parada en un primer momento frente a la pandemia, es porque su historia tiene una dosis de peronismo tal que su sistema de salud está basado en un pilar privado, otro pilar estatal, y un tercer pilar, que es el mayor, asociado fuertemente con el Estado y anclado en las organizaciones de trabajadores.

Y si China fue la que mejor parada estuvo frente a la epidemia, fue por el prácticamente ilimitado poder de su Estado. Con su particular socialismo, China está allí adelante, en el lugar hacia el que parecieran dirigirse una asombrosa cantidad de países, allí donde el gobierno del Estado manda sobre todos los derechos individuales.

Quizás estamos viviendo un momento clave en la historia que comenzó con la caída de las monarquías y generó la contienda entre capitalismo y socialismo. Finalmente, podría ser que lo que se viene es algún tipo de socialismo.

No creemos que el mundo vaya a cambiar de patrón, de Estados Unidos a China, sino que algunos aspectos de la realidad socialista, que se ha hecho dominante desde China, pueden expandirse por el planeta. 

¿Por qué sería el socialismo de China y no el socialismo? Porque China, aunque no se convierta en un imperio colonial al modo europeo y norteamericano, va a quedar como el país más fuerte.

¿No podría suceder que, así como el socialismo en Cuba estaba decidido desde la Unión Soviética pero a la vez fue intrínsecamente Cubano, e incluso como el socialismo en China tiene peculiaridades tan chinas como lo que adapta del capitalismo, que la influencia socialista de un mundo postCOVID-19 sobre Argentina tenga en el peronismo su matriz?

Desde hace años se habla de un Plan Marshall chino. La idea cobra vida con el advenimiento del crack mundial que dejaría la pandemia. China puede ofrecer ayuda, y sería lógico que la asigne allí donde más le convenga. Argentina, con sus recursos y su peronismo, estaría en una posición, si bien geográficamente alejada, de privilegio. Así lo indican los 16 años de insistencia de China en profundizar la relación.

No hace falta que inventemos la pólvora, ya sabemos que la inventaron los chinos: ¿la BRI (Belt and Road Iniciative o Nueva Ruta de la Seda) no tendría características de Plan Marshall, y China no viene proponiéndola desde hace seis años?

Entre la vastedad de lo impredecible de nuestro futuro, esta hipótesis difícilmente podría quedar por completo fuera.

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