Una viril delicadeza

Por Camilo Estrada González*

En las comparaciones de patrones estéticos occidentales con chinos, prácticamente no se menciona el cuerpo masculino. No sin valentía, lo hace en esta nota el mexicano Camilo Estrada González, quien desde hace más de diez años es profesor de idioma castellano en China. 

Bajé del avión en el aeropuerto de Beijing después de varias decenas de horas y dos escalas. Era no sé qué día de la primera semana de octubre del 2008. La directora del Departamento de Español de la Universidad fue a recogerme junto con un chofer del mismo departamento y un alumno de cuarto año. No era la primera vez que veía a un chino, pero sí era la primera vez que veía a un chino de cerca, y me parecía guapo, atractivo. 

A partir de ese momento, mi mirada hacia los chinos fue cambiando a través de los años.

Los primeros meses en China, se me cansaban los ojos de tanto mirar: edificios rarísimos, letreros completamente incomprensibles, coches de marcas desconocidas para mí, bicicletas… cientos de bicicletas, paisajes diversos y, sobre todas las cosas, gente. Gente que inundaba mi vista, al inicio como una masa uniforme donde difícilmente podía distinguir a una persona de otra. 

Lo primero que saltó a mi vista fue la manera tan distinta de caminar, de mover la cabeza, de menear los brazos, de fumar, de sentarse, de encuclillarse en cualquier poste o barda, de no sentarse en el piso, esa manera tan… delicada, femenina. Las mujeres me parecían mucho más femeninas que las mexicanas de mi ciudad. O que Cécilia, mi amiga parisina. O que Isabelle, esa loca quebequense. O que Adriana, la argentina amiga nuestra. O que todas aquellas mujeres que había visto en persona o en foto. 

Y los hombres… también. Los hombres me parecían femeninos. No solo por la escasez de vello corporal, de bigote, de barba. No. Cada paso delicado meneando las caderas. Las piernas delgadas cruzadas, entrelazadas, cada vez que se sientan a comer. La mano que flota en el aire en cámara lenta con el cigarro entre los dedos hasta llegar a la boca. El vaivén de la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. La risa discreta. La falta de prisa. La mirada esquiva que se filtra a medias bajo los párpados caídos, sin voltear la cabeza.  Delicados, femeninos; no afeminados como las caricaturas de los gays que vemos en la tele, no: simplemente femeninos.

Poco a poco fui ejercitando mi visión y, al poco tiempo, esa masa uniforme ya no lo era; ya podía reconocer a todos mis alumnos, incluso a los que tenían el mismo estilo de peinado, los mismos anteojos, la misma ropa a la moda, … Después de unos meses ya reconocía a la gente en la calle, a mis vecinos, a la señora de la tienda, al musulmán del restaurante de fideos, a la peluquera de abajo de mi edificio, al policía —incluso sin uniforme—, a la cajera del supermercado de la esquina, a la del puesto de pescado en el mercado —aunque nunca le compré (casi no como pescado). 

Y así fui haciéndome de amigos chinos. Los fui conociendo cada vez más de cerca y, como todo en mi vida, el azar me puso a un chino en la cama o, mejor dicho, me puso a mí en su cama. Aunque el radical cambio en mis gustos fue paulatino, sé que ahí comenzó todo. A partir de ahí, ese meneo al caminar, esa delicadez de movimientos, ese flote de las manos, esa inclinación de la cabeza, fue perdiendo su femineidad ante mis ojos y se fue cargando de una brutal sensualidad viril. Pero donde por completo me perdí, y aún me pierdo con facilidad es en los ojos, esos ojos que de entrada no dicen nada. Hacen falta varios intentos fallidos para finalmente poder clavarse en ese océano que hay en sus ojos. Esos ojos que ponen la piel de gallina. Son una lanza tímida. Esos ojos.

Han pasado ya diez años y el gusto por los chinos no ha menguado sino todo lo contrario. Ya no me lo cuestiono: ¿no se supone que mientras más se acostumbra uno a algo, más le pierde el gusto? No, ya lo acepté, en este caso mi ruta de cambio ha sido inversa.

En estos años he descubierto también que a los chinos les pasa exactamente lo contrario con los occidentales: primero, que no nos reconocen en la multitud (sí, somos todos iguales); segundo, que les parecemos bastante masculinos, incluso nuestras idealizadas bellezas femeninas les parecen grotescamente hombrunas. O sea, podrían jurar que cualquier Miss de concurso es en realidad un travesti. No exagero. Me lo han dicho. 

* Profesor de español en China.

Las opiniones aquí vertidas representan exclusivamente el punto de vista del autor.

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