Pablo, el dibujante

Siete años después de llegar a Argentina, el profesor sichuanés Zhong Chuanmin (Pablo Zhong) retomó la pintura. Su alumno y admirador Néstor Restivo traza esta semblanza en la que se expresa la entrañable amistad con que el artista encarna el intercambio entre los Pueblos.

Hace unos cuanto años quise aprender chino y avancé un trecho, aunque muy laboriosamente, como si enfrentara una carrera de obstáculos tipo Green Beret Challenge. Incluso superé la valla de los cinco tonos y con modesto éxito, ciertas entreveradas pronunciaciones. Pero el salto a la escritura resultó uno mortal, jamás me recuperé. Las dos o tres veces que quise insistir ya no fue lo mismo y me ganó la frustración. Con esto no quiero desalentar a nadie, hay cientos o miles de argentinos que lo hablan bastante bien y nos recuerdan que es algo posible. Solo cuento mi breve experiencia para señalar que si alguien tuvo el don de hacérmela disfrutar fueron Zhong Chuanmin y Liu Shu, mis amigos Pablo y Susana. Ahora mismo están en su provincia de Sichuan, varados por la cuarentena, pero sé que regresarán a su otro país, Argentina, apenas puedan. Y no sé si es por la nostalgia que despierta este encierro distópico o porque tengo algunos dibujos colgados en las paredes de mi casa, pero en días así me acuerdo de Pablo y su don de gente.

Zhong Chuanmin nació en el pueblo de Guang Han (广汉), en la citada provincia, una tierra fértil en historia, cultura, producción y comercio. En ella nació el gran poeta Li Bai (李白), cuya casa conocí cuando viajé a Sichuan en 2019 para una misión insólita, dictar un pequeño curso sobre peronismo a los alumnos de español de la Universidad de Ciencia y Tecnología del Sudoeste de China, en la ciudad de Mianyang. Nunca olvidaré la amabilidad de esos estudiantes —ni su exclamado asombro ante palabras como Perón, Evita, gorilas, fusilamientos— y de los profesores que me acogieron, como el decano Liu Jie (刘捷) o su sucesor y director del Centro de Estudios Latinoamericanos, Chen Cai, y las profesoras Ani Li Yuxian (李宇娴), Chen Yun Ping (小萍), Dulce (英子) y Yin Songtao (化石), o las alumnas Estela Jiang Yu Qing (蒋雨晴) y Manuela Shen (开心点哦), entre otres, que fueron mis ángeles-guía. Tampoco podré olvidar la deliciosa comida picante hot pot, ni el santuario de osos pandas cerca de la capital, Chengdu. Pero aquí y ahora, mientras por la ventana solo veo a algún paseador de perros o un chico llevando un delivery en medio de la nada, quiero evocar a Pablo.

Con Susana llegaron en 1995 a Buenos Aires y comenzaron una larga trayectoria docente en la enseñanza del chino mandarín. Yo los tuve como profesores en la vieja Escuela de Estudios Orientales de la Universidad del Salvador, pero lo han hecho en varias instituciones públicas y privadas. Aquí estudiaron y se graduaron en el Carlos Pellegrini y en la UBA sus hijos Victoria y Suyupu Zhong. En algún momento, a Pablo se le dio por el dibujo.

Me contó un día: “comencé a fines de 2012, me inspiró para retomar mis pinceles una nota en la revista Dang Dai (él no lo dice, pero durante años él y Susana fueron sus traductores al chino, los mejores) que aludía a un chino inmigrante que pintaba sobre servilletas. Así comencé a retomar esta actividad, que de chico me gustaba mucho”. Se refería a Lo Yuao, uno de los primeros inmigrantes cantoneses, allá por la década de 1950, quien en su departamento de Tribunales usaba las servilletas de papel porque aquí no conseguía papel de arroz para sus maravillosas creaciones.

Pablo, que pese a sus más de veinte años de vivir en Argentina no domina del todo el español, y en general asiente, me contó también que aprovecha las nuevas tecnologías y tiene muchos maestros online a quienes no conoce en la vida real. Sin embargo, entre los paisanos de Guang Han, su amigo de la infancia, Pan Yi (潘懿), es uno de sus maestros de carne y hueso. “Es un calígrafo y pintor excelente de Sichuan, y en los últimos años, cada vez que voy lo visito. Me ha transmitido mucho de su experiencia en la pintura tradicional china”.

Pablo y Susana son también maestros de cultura china, no sólo de su lengua, y han dictado cursos sobre pintura tradicional. Para Pablo —me dijo otra vez— “es importante pintar también cosas modernas. En Argentina pinto más temas modernos, nuevas temáticas. No sólo hay que repetir los tradicionales”. 

Pablo pinta a Mafalda y la cruza con el legendario Zhong Kui, pinta pandas y montañas, tigres y caballos de polo. O pinta en su estilo chino a la selección argentina de fútbol.

Cuando habla de nuestro país no hace otra cosa que agradecer. “Es un país muy lindo, además el pueblo es muy generoso y amable, lo vivo con satisfacción. Estoy muy agradecido”. Y si bien de esta tierra no conoce a muchos artistas por nombre y apellido, sí sabe que los hay geniales. Y rescata a otro de sus maestros argentos, que a la vez es su alumno: “el maestro Fernando Fazzolari, con quien no solamente hablamos sobre pintura, también nos comunicamos mucho desde el arte de la vida”.

¿Qué estarás haciendo ahora en el medio montañoso de China, querido amigo? Te imagino preguntándote sobre esta locura global, pensando en cómo y cuándo volverás a Buenos Aires, a tu barrio del Once. Te imagino también brindando cada tanto con algún baiju, el licor de Sichuan, aunque Susana te mire seria y de reojo como cuando acá nos juntamos a mezclar el destilado de sorgo con el de uva y nos divertimos con los demás amigos argenchinos que supimos generar, hablando en porteño, en chino o en silencio. ¡Dibuje, maestro Pablo!

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