La chica del celular

En su segunda noche en Beijing, antes de la pandemia, un cronista es invitado a un bar tumultuoso. Los jóvenes beben, juegan y gritan hasta agotarse. Entre la muchedumbre, una chica transmite en vivo desde su celular a miles de personas. Para el recién llegado todo es una confusión de enigmas. Sólo comprende que resolverlos es una tarea de años.

Foto: Martín Zabala
Texto: Gustavo Ng

Somos un grupo de argentinos en un bar de Beijing mirando uno de los partidos del mundial de Rusia.

Toda la decoración es de fútbol. El bar está colmado, quizás por el mundial, quizás simplemente porque China está pasando una época de oro, con los jóvenes tirando manteca al techo, y un acontecimiento mundial es incorporado como fiesta.

Una chica china muy moderna y arreglada está grabando con el celular a un argentino. Cuando la chica termina, bromeo con el muchacho preguntándole si es famoso o si las chicas chinas lo prefieren. Se ríe. Le pregunto quién es la chica y me dice que no sabe. La busco y está con el resto del grupo. Es común ver grupos mixtos, de chinos y extranjeros, 老外, laowai.

Cuando nos vamos a otro bar, la chica nos sigue. Vuelvo a preguntar quién es, esta vez al argentino que lleva más tiempo en Beijing y conoce a todos.

Para mi sorpresa, tampoco la conoce, y para mí mayor sorpresa, me advierte: “no le des bola”.

Entonces advierto que el resto de los argentinos la tratan con desgano y se la sacan de encima cuando ella intenta grabarlos.

Me cuesta entender lo que está pasando y me resulta muy incómodo. Estoy en plan de hacerme amigo de todos los 1.400 millones de chinos y no encuentro razón para cortarle la cara a una china que tiene un gesto de amistad tan rotundo.

De modo que me acerco a ella y la saludo. Se da vuelta, y se queda mirándome con una sonrisa hermosa, clavándome sus ojos con lentes de contacto amarillos.

— Te gustan las personas de Occidente —le digo en inglés.

— Sí, me parecen personas geniales —me contesta. 

—¿Todos?

—¡Sí!

Es muy linda. 

—¿Por qué grabás a la gente? —le pregunto.

Me explica que tiene un canal de videos dentro de una red social china. 

Comienza a grabar nuestra conversación. 

Me muestra que en ese momento nos están viendo 2.567 personas.

— ¡Dios mío! A esta hora ningún programa de televisión de mi país tiene tantos espectadores. ¿Por qué te siguen todas esas personas?

— Porque están online.

— ¿Y también porque sos vos?

— ¡Sí! Porque tengo lifestyle.

— ¿Siempre transmitís entrevistas con occidentales?

— ¡Claro!

— ¿Por qué te gustan los occidentales?

— Ya me preguntaste. Porque son geniales. Y vos sos genial, hacés todas las preguntas. ¡No tengo que trabajar!

— ¿Querés hacer alguna pregunta vos?

— Sí. Eh… vos… eh… ¿Qué pensás de mí?

— No sé si tu vocación por los occidentales es una antigua admiración de China por Europa y Estados Unidos, o es una manera de ser amiga y buena anfitriona, o si es sólo un negocio.

— Eh… ¡todo eso junto!

Me invita un trago lleno de colores, desatinadamente dulce.

— ¿Por qué mis amigos te rechazan? —le pregunto.

No responde. El trago me produce un mareo como el del anisado. Pido un dry martini y otro trago de colores para ella. Le apoyo un dedo en la rodilla. Lo dejo allí. Ella retira la rodilla.

Llamo a uno de los chicos argentinos, con el que más me divierto.

— Grabanos — le digo a la chica—. Vamos a charlar los tres.

Ella comienza a grabar.

— Esta chica… ¿Cómo es tu nombre?

— Alyssa.

— Alyssa está entrevistando a un grupo de once argentinos —le digo en inglés a la cámara del celular—. Sin embargo, muchos de ellos la rechazan. Le estoy preguntando a ella por qué la rechazan, pero no responde. Ahora le voy a preguntar a uno de los argentinos. Ernesto, ¿por qué rechazan a Alyssa?
— No me llamo Ernesto.

— ¿Fin de la entrevista? —le pregunto.

— Sí, salvo que me pagues un dry martini.

— Puedo pagarte hasta un trago de colores.

— Chicos, no entiendo de qué están hablando —dice Alyssa.

— ¿Por qué no le concedían una alegre entrevista a esta chica? —vuelvo a preguntarle al argentino.

— No quiere hacerse amiga, sólo quiere sentirse bien entre extranjeros. Son todas iguales.

— ¿Eso es verdad? —le pregunto a ella.

No responde.

Le escruto el gesto. Impasible. No emite la mínima expresión.

— ¿En qué consiste el sentirse bien entre extranjeros? —le pregunto a los dos.

Alyssa sigue con cara de androide. Mi amigo ensaya:

— Para ellos somos lo más. Hasta que nos superen. Entonces, se van a reír de nosotros. Son así, siempre apuntan más arriba.

— ¿Tus 2.567 espectadores pensarán lo mismo? —le pregunto a Alyssa.

— No sé, no entiendo de qué hablan.

Pedimos otro trago y nos acercamos a la mesa donde todos los argentinos están a los gritos.

Alyssa toma algunas imágenes del grupo, se grababa a sí misma hablando, pero ya no hace entrevistas individuales.

En un momento viene a pedirme que intercambiemos direcciones.

— ¿Querés que te mande reportes desde Argentina? —le pregunto.

— ¡Sí, por favor! —me responde con entusiasmo.

— ¿Ganás dinero con esto?

— No directamente.

— ¿Para que lo hacés?

— No sé, es mi modo de vida.

En las próximos dos o tres horas pasa un río de tragos, los argentinos suman sus gritos y carcajadas al ruido enloquecedor del bar, en los pequeños espacios entre las mesas bailamos. A veces bailo con la chica, pero casi todo el tiempo está grabando. 

Al fin le digo que me voy. 

Le digo y me quedo mirándola a los ojos. Ella me sostiene la mirada con una sonrisa amable y distante. Entiendo que no vendrá conmigo.

Le pregunto dónde puedo tomar un taxi y me dice:

— Yo te lo resuelvo.

Al rato me tironea del brazo.

— Ya está tu taxi.

Me lleva afuera, identifica a un taxi entre una multitud dentro de una calle embotellada, me mete adentro y me dice:

— Chau, mantenete en contacto. Lo del taxi ya está todo arreglado.

Me saluda con la mano y vuelve al bar.

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