La pandemia, escenario del choque de valores universales

El sacudón tectónico a que la pandemia de COVID19 somete al mundo globalizado está haciendo emerger altos contrastes. Con una China emergente, los valores asiáticos toman nuevo protagonismo y parece inevitable una discusión sobre los derechos humanos, planteados por Occidente como universales. El tema fue planteado en el diario Perfil por Gustavo Ng.

Los derechos humanos han sido una herramienta con que los países centrales del capitalismo de Occidente han fustigado a China considerando que está gobernada por un totalitarismo comunista. La respuesta que ha dado China al tema, clásicamente aplacada, se ha movido en dirección de plantear una discusión del tema. 

Este impulso puede cobrar una aceleración y unas características especiales en el escenario de la pandemia, cuando lo que ha dado en llamar “globalización con características chinas” podría exceder el tema geopolítico, con una tendencia a que el poder de China aumente mientras el norteamericano mengua, para instituirse como cambio de paradigma. De tal forma, no sería la nación china la que imperaría sobre parte o todo el planeta, sino una nueva realidad que ha despuntado y llega desde el Extremo Oriente.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas de 1948 y los acuerdos precedentes, apenas participaron a China. Desde su punto de vista, el proceso se fraguó sin su participación. La Bill of Rights aprobada en Inglaterra en 1689, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica en 1776, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano emitida en la Francia revolucionaria de 1789 y otros pactos tomados como orígenes de la declaración de 1948, han constituido para China un proceso ajeno, lejano, acaso con elementos exóticos. 

Sin embargo, desde que en los años 1980 China comenzó a abrirse al mundo y a participar de la realidad global, ha buscado el diálogo entre su superestructura legal y la del resto de los países, comenzando, naturalmente, con los que tiene más trato.

En sus reformas constitucionales desde entonces, ha incorporado algunos elementos de la ley tal como se la concibe en los países centrales de Occidente, que es completamente distinto al estatus que tiene en China. La italiana Francesca Staiano, doctora en Orden Internacional y Derechos Humanos y coordinadora del Centro de Estudios Chinos en el Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata, ha explicado la diferencia entre los “valores que actúan en la vida jurídica de la RPC (República Popular China) con la naturaleza de costumbre, llamados Li (礼)”, y la ley “entendida como ley positiva, nombrada Fa (法)”, puntualizando que “cuando había un conflicto entre posiciones jurídicas el primer elemento que se aplicaba era el Li y sólo si no se alcanzaba una resolución de la disputa con el uso de los Li se aplicaba el Fa”.

Haciendo una recapitulación precisa de aspectos jurídicos en las reformas constitucionales de China, Staiano observa que en 1999 se estableció que “el Estado respeta y garantiza los derechos humanos”, como “corolario clave al concepto de Estado de derecho, que en cada tradición jurídica ha representado el límite que el Estado tiene en relación con los ciudadanos: claro signo de la necesidad de la RPC de ser reconocida como interlocutor que respeta los mismos cánones de los demás integrantes de la comunidad internacional.”

De esta manera, China llega siglos tarde a plantear un diálogo sobre el tema de derechos humanos, ante lo cual diferentes actores de los países centrales de Occidente han puesto el grito en el cielo. Tal vez, en su percepción de ser el centro del planeta, se han arrogado la potestad sobre lo “universal”.

Todo lo que ha involucrado a los países imperiales, ha sido “Universal”, o sea, algo que competía a toda la “Humanidad”, desde que los europeos imperialistas se han concebido, en tanto culminación de la evolución de la vida sobre la tierra, como “el Hombre”. No sorprende que en este momento se estén preguntando a qué vienen los chinos a cuestionar esta premisa sobre la que se basa el mundo.

Ante una propuesta de China al Consejo de Derechos Humanos de la ONU en 2018, Mariela Belski, Directora Ejecutiva Amnistía Internacional Argentina, acusó a China de tratar “de promover e imponer la idea de que los derechos colectivos son más importantes que los individuales y destaca que el desarrollo económico es una prioridad.” Sostuvo que la iniciativa “parece una resolución inocua, incluso progresista. Pero si la examinamos a fondo, veremos que detrás de ese título inocente se esconde un intento de transformar la esencia misma de los derechos humanos”.

En el mismo año, ante un discurso del Xi Jinping del que se tradujo la frase “desarrollo de los derechos humanos con características chinas”, Joshua Rosenzweig, director de la Oficina Regional de Amnistía Internacional para Asia Oriental reaccionó sosteniendo que “esto va en contra de todo el concepto de los derechos humanos, porque quiere decir que, de alguna forma, no son universales y de aplicación universal, sino que se los moldea de acuerdo a las circunstancias nacionales, en este caso de China”.

Belski asegura que “China intenta socavar el sistema internacional de derechos humanos” y advirtió que “si la distorsión que defiende China no se enfrenta con determinación, las consecuencias serán devastadoras para los derechos humanos tal como los conocemos y celebramos. En Amnistía Internacional estamos decididos a luchar porque esto no suceda y pedimos a Argentina y a la comunidad internacional que se unan a nuestra lucha.”

China ha explicado su demora advirtiendo que mientras las potencias coloniales elaboraban su versión de los derechos humanos, ella estaba ocupada en sus asuntos internos—algunos de los cuales consistían en lidiar con los avances de esas mismas potencias. 

En el momento en que fue emitida la Declaración de los Derechos Humanos, China estaba envuelta en una guerra civil. La declaración fue suscripta por un gobierno que caducó diez meses después. Hace dos años fue rescatada la figura de Peng Chun Chang (张彭春, Zhāng Péngchūn), un académico y diplomático que nació en Tianjin y murió en Nutley, New Jersey, como uno de sus redactores. Este filósofo y dramaturgo buscó tender puentes entre China y Occidente con un encomiable esfuerzo personal, pero la representación de China en aquella Declaración se redujo sólo a él.

Por supuesto que China es, desde su nacimiento, producto de sus relaciones con el resto del mundo Occidente; sin embargo, el corazón de sus procesos, incluidos los siglos de la Modernidad occidental, ha estado lejos de donde se han tomado las decisiones globales.

Luego de tres décadas de afirmación socialista, China se dispuso a participar en la construcción de la Globalidad. En los últimos años sus líderes ofrecen buscar un acuerdo que convenga a todos. La propuesta está extensamente desarrollada en el Libro Blanco sobre el Desarrollo Pacífico de China, de 2011, que asegura que el país “aboga por construir junto con los diversos países un mundo armonioso caracterizado por la paz duradera y prosperidad conjunta”. 

Lo que esta situación pone en contraste es la existencia de diferentes concepciones del Derecho, diferentes civilizaciones, con sus diferentes cosmovisiones, y diferentes humanidades.

La propuesta de China pondría de relevancia que hay una humanidad occidental forjada por los imperios coloniales europeos y hay una humanidad china —lo que obliga a aceptar otras humanidades: una humanidad musulmana, humanidades africanas, asiáticas… y que todas ellas, al igual que la china, no han sido protagonistas en la elaboración de la Declaración de los Derechos Humanos porque representaban países subalternos. 

Ahora China emerge con un poder indiscutible y, naturalmente, reclama un lugar en la decisión de cuáles y cómo son los derechos, los humanos y los derechos humanos. Si otros países tuvieran poder, quizás también propondrían rediscutir los derechos humanos, lo que demostraría que el ascenso de China sería un jaque la era de los imperios coloniales. 

En un simposio celebrado en Beijing para conmemorar el 70º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos el presidente Xi Jinping calificó la declaración como un importante documento en la historia de la civilización y sostuvo que el Partido Comunista Chino siempre ha tenido como objetivo el desarrollo humano. El líder chino fundamentó su afirmación en el hecho de que centenares de millones de sus compatriotas han tenido una vida mejor desde la fundación de la República Popular en 1949, particularmente gracias a la reforma y la apertura practicadas en las últimas cuatro décadas.

En el documento “Progreso en derechos humanos durante los 40 años de reforma y apertura en China”, el gobierno asegura que a lo largo de cuatro décadas, “China ha resumido su experiencia histórica, basada en los logros de la civilización humana, combinando los principios universales de los derechos humanos con las realidades prevalecientes del país, y así generó una serie de ideas innovadoras sobre los derechos humanos. Ha creado derechos básicos que se centran en las personas y priorizan sus derechos a la subsistencia y el desarrollo, y propuso que China debería seguir un camino de desarrollo integral”.

La expansión de la presencia de China en el mundo de la pandemia pone en relieve los “valores asiáticos” de los que se habla desde principios de los años 90 en el campo de derechos humanos. Las referencias a esos valores mencionan una herencia confuciana, la armonía, la preocupación por la prosperidad socioeconómica, la lealtad y el respeto hacia las figuras de autoridad, la preferencia por el colectivismo y el comunitarismo sobre el individualismo, la disciplina, el trabajo arduo, el desempeño educativo y el respeto a la autoridad.

En un repaso de los “valores asiáticos”, Kam Louie, Director del Centro China-Corea en la Universidad Nacional de Australia, recuerda que en 1993 dirigentes de países de Asia emitieron la Declaración de Bangkok sobre Derechos Humanos, que “ratificaba la universalidad de los derechos humanos” pero “también insistía en la necesidad de reconocer la particularidad y la diversidad cultural e histórica de cada país.”

En uno de los puntos, el documento destaca la preocupación porque el establecimiento de mecanismos de derechos humanos se refiere principalmente a una sola categoría de derechos, los derechos civiles y políticos.

En el informe “Analizando las múltiples dificultades de los ‘Derechos Universales’ de la práctica política internacional”, Zhang Weiwei, profesor de la Universidad de Fudan y miembro de la Academia de Ciencias Sociales de Shanghai, sostiene que si “los países son organismos que incluyen los tres niveles de política, economía y sociedad, los ‘valores universales’ provocan reformas políticas que, como máximo, solo pueden tocar algunos cambios en el área política de este organismo y dificultan los cambios en las otras dos áreas. Esta es también la razón por la cual el modelo de ‘valores universales’ promovido por Occidente en todos los lugares del mundo, al final ‘no se aclimata en el nuevo entorno’, y una derrota sigue a otra.”

Zhang asume la extendida posición de no aceptar los derechos humanos impuestos por los países centrales de Occidente. “El sistema democrático occidental es el producto de la cultura e historia únicas de las sociedades occidentales, y se basa en el ‘conocimiento local’. Los países y sociedades no occidentales pueden extraer experiencias y lecciones de las construcciones democráticas occidentales, pero si imitan indiscriminadamente el modelo democrático occidental, básicamente copiarán algo, se decepcionarán y serán derrotados.”

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