China: cómo entender si diagnosticamos mal

El historiador Néstor Restivo discute la idea de que China sea, lisa y llanamente, un modelo capitalista, como se postula en general por derecha e izquierda. Argumenta que hay un híbrido nacionalista con una conducción estatal partidaria en el que las categorías de análisis occidentales son insuficientes para comprenderlo. Y que la ósmosis histórica del país asiático en su encuentro con modelos económicos ajenos (ha sido también su caso con otras culturas, o incluso religiones), así como su cosmovisión y dispositivos simbólicos, materializan una formación histórico-social exclusiva que desborda las categorías clásicas del análisis del capital.

A Amalia García y Horacio Rovelli
A Ignacio Lewkowicz, in memoriam

Por Néstor Restivo

Un reciente artículo del economista serbo estadounidense Branko Milanovic en El País afirma que China es capitalista dado que, en sus datos, el grueso de su producción se hace con medios privados, la mayor parte de la clase obrera es asalariada y una mayoría de decisiones sobre producción y precios se toma de modo desregulado. El italiano Alberto Gabriele y el brasileño Elías Jabbour lo cuestionaron en DangDai.

Lo que plantean Gabriele y Jabbour es que, con la tierra no privatizada en el campo y un mapa laboral urbano donde Milanovic descarta empresas con formato diferente a Occidente, mixtas o ajenas a la lógica del capital (y que generan 48% de la producción industrial) y el hecho de que más de 70% de los y las trabajadores no tienen relación de dependencia o trabajan para firmas no capitalistas y organizaciones públicas, es difícil aceptar que China sea capitalista. No por eso estos autores ven en China un socialismo perfecto u ortodoxo, ni mucho menos (1).

Ambas posturas pueden seguirse en los vínculos a los artículos citados. El debate es bienvenido -aunque acotado a lo económico-, pues lo que aquí quiero plantear, lamentándolo, es que suele haber mucha simplificación en cuanto a que China es, lisa y llanamente, sin más, capitalista. Por derecha y por izquierda. 

Es razonable que la derecha lo desee. Admira el proceso chino (obvio desde Deng Xiaoping -a quien ve como un capitalista cabal- en adelante, desconociendo, si no repudiando, logros anteriores de Mao Zedong sin los cuales, y más allá de sus tragedias, la extraordinaria revolución de Deng no hubiera sido posible, como la alfabetización masiva, el extraordinario aumento en la expectativa de vida, las primeras industrias, las ciencias y tecnologías pioneras, la recuperación del orgullo nacional). Admira lo que llama “meritocracia” (que en tal caso en China es distinta al concepto al de entrepeneurs neoliberales de moda). Admira también el “orden”, la “jerarquía”, la “disciplina laboral”; bien quisiera algo así en un país como Argentina, donde las huelgas y los piquetes de los de abajo y el desapego a la ley que viene de arriba, lo cual tampoco suele recordar, alteran la “seguridad jurídica”. Pero nada dice del Partido Comunista, de su ideología, de la marcha revolucionaria que encararon hace un siglo, jamás intentará entender qué es “socialismo con características chinas”, cree que el mercado fue inventado por el capitalismo; nunca hablará de que hay un partido de cuadros, de masas y único que decide, con varias corrientes internas, o que la disciplina no es sólo para los de abajo, ni que la lucha contra la corrupción abarca al agente público pero también a empresarios, etc. Cuando se le invierte el enfoque o se le pregunta al respecto, China automáticamente pasa a ser una dictadura bestial.

En la izquierda creo que hubo tres grandes momentos de debate sobre el punto. El primero fue inmediatamente posterior a la muerte de Mao, que fuera de China también llamó a Deng y a los suyos capitalistas sin más, en textos y discusiones tan soporíferamente largos como inversamente proporcionales a su caudal electoral o su impacto político en la opinión pública. El segundo fue cuando, a partir de 1989, el clima de época por la caída del Muro de Berlín y luego de la URSS generó tanto frenesí neoliberal por la “muerte del comunismo” que abundó la liviandad para afirmar que China se había pasado al capitalismo. Y un tercero, aumentado por la pandemia de este 2020 y el rol global chino, que se observa en los cada vez más frecuentes artículos, ensayos y conferencias de filósofos, sociólogos, politólogos y sobre todo economistas progresistas o de izquierda, ni qué hablar de los vacuos y abundantes opinólogos, que definen a China como parte del neoliberalismo global, capitalista a secas, a lo sumo capitalista de Estado. Si definen a todo el mundo como neoliberal capitalista, entonces, o bien incluyen a China en esa caracterización lisa y llana, o bien les resulta ajeno estudiar la existencia de ese otro espacio geográfico, que por cierto es bien grande, tiene a la mayor población nacional mundial y una cada vez mayor influencia económica global. 

Una excepción a las visiones simplistas desde la izquierda local expresa Claudio Katz, para quien, si bien considera que hubo un giro capitalista en los años de 1990, y lo cree irreversible, al menos plantea la posibilidad en disputa de un esquema global post capitalista. Quizá hiciera falta retomar esa línea de análisis en el actual panorama chino. Porque aquella década, la del líder Jiang Zemin y el ideólogo de las reformas del momento, el economista Zhu Rongji -no citados en el trabajo de Claudio, que más bien repara en fuentes de analistas-, en efecto fueron el salto más audaz de la apertura con mecanismos capitalistas (2). En mi opinión, Xi Jinping intenta corregir los tremendos desequilibrios sociales, regionales y ambientales que produjeron.  

Pero no toda la izquierda piensa igual. Por ejemplo, Giovanni Arrighi afirma que “el carácter capitalista del desarrollo basado en el mercado no está determinado por la presencia de instituciones y dispositivos capitalista sino por la relación de poder del Estado con el capital. Se pueden añadir tantos capitalistas como se quiera en una economía de mercado, pero a menos que el Estado se subordine a su interés de clase, la economía de mercado sigue siendo no capitalista” (3). 

El capitalismo es maestro en robar concreciones y narrativas humanas de modo excluyente: así como lo hizo, por ejemplo, con la idea de democracia o de derechos humanos, que en esa perspectiva falsa serían entonces solo compatibles con el capitalismo, lo mismo hizo con el concepto de mercado, que la humanidad practica desde miles de años antes de que surgiera el capital. En especial, en el arco que va del Magreb al Lejano Oriente, y muy en particular en China y su entorno. En tal sentido, el argentino Julio Godio abunda mucho en la idea de esa apropiación, sobre todo porque el capitalismo logró, con astucia, convertir el término mercado en el falaz de “libre mercado” (4). Tanto Arrighi como Godio, y también el egipcio Samir Amín, los tres fallecidos estos años, creían más bien que China adoptó un modelo híbrido, que además de intentar calzar el marxismo en su realidad nacional concreta, desde luego tomó aspectos del capitalismo (las zonas de propiedad privada, el plusvalor del salario, habiendo estudiado casos previos como la NEP de Lenin –una cierta “economía socialista de mercado”, otra definición que algunos autores también usan para China-, la Yugoslavia de Tito, el porqué del colapso soviético, del mismo modo que Vietnam o Cuba estudian hoy cómo lo ha hecho China). Pero que no es capitalista, ni siquiera –postulo- de Estado, aunque se acerque a esa definición, a la que ya volveremos. Parece otra cosa.

China tiene una larguísima historia de absorber y expandir influencias. El estadounidense John Fairbank, de Harvard, ha sido un pionero en los estudios culturales para que EEUU, donde son bastante brutos en cuanto al world out there, entendiera un poco más del gigante asiático, que lo asusta. Y su discípulo Henry Kissinger ha escrito también sobre la “ósmosis cultural” que China ejerce desde el fondo de la historia (5). No sólo con modelos económicos ajenos, sino también en sus encuentros con culturas y religiones, China fue siempre permeable a absorber, deconstruir y resignificar sentidos a su modo. Sólo por seguir con bibliografía estadounidense, no la única ni necesariamente la más apropiada en tal caso para definir al modelo chino, Graham Allison se suma a quienes creen que más que el comunismo, un rasgo que caracteriza mejor a China es el nacionalismo (6), por cierto un dato imprescindible para analizar a los chinos. 

¿Qué dice la propia China? Desde luego jamás escribe la palabra capitalista, o que haya tomado aspectos de ese modelo, en todo documento o discurso oficial. Afirma que tiene un modelo socialista –y de cuño marxista leninista- con particularidades o características chinas. Y sus actuales dirigentes, como me ha señalado en una reciente entrevista aún inédita el sinólogo argentino radicado en Francia Pablo Blitstein, siguen una línea marcadamente marxista y maoísta. En otros momentos, dijo, cuanto los tigres asiáticos sorprendieron al mundo con su despegue, primó más una línea interna del PCCh que ligaba confucionismo y mercado, con fuertes debates entre intelectuales, incluso uno de ellos, conservador, propuso una nueva Constitución para China tomando el modelo de Irán y un consejo de sabios, abordándolo desde el confucianismo. Pero ese debate tenía otra coyuntura. Hoy esa facción intelectual pesa menos y se revitalizó la raíz marxista en el núcleo del poder en el Partido, dice Pablo. Como sea, y más allá del caudal de propaganda que puede tener una definición como la de “socialismo con características chinas”, en mi opinión parece claro que capitalista no es. Entre muchas otras cosas también, porque con el capitalismo difícilmente se hubiera sacado de la pobreza a cientos de millones de personas en tan poco tiempo. Ningún país capitalista lo haría: ¿cómo, si su programa es explotar al ser humano hasta el máximo posible?

Deng Xiaoping dijo alguna vez: “El capitalismo se desarrolló por unos cuantos siglos. ¿Cuánto tiempo nos llevará construir el socialismo? Si conseguimos que a cien años de la fundación de la RPCh haya un país moderadamente desarrollado habremos logrado algo extraordinario”. Y Zhu Youzhi, de la Academia de Ciencias Sociales de China, escribió sobre 4 transiciones para construir el socialismo en China. De pasiva comodidad a activa participación, un mejor acercamiento a la cotidianeidad del pueblo. De adoctrinamiento a interacción, o sea por un contacto más democrático y transparente entre Partido y pueblo. De individualismo y aislamiento a diversidad y apertura, mayor aprovechamiento de los nuevos canales de información. Y de medidas administrativas a un sistema de garantías para la distribución del ingreso y la justicia social (7). Desde ya, el propio Xi Jinping tiene varias definiciones al respecto en el marco, por ejemplo, de su proyecto de Sueño Chino y la “gran revitalización” del pueblo chino (8).

Más de fondo aún, China tiene su propia interpretación acerca de la naturaleza de su modelo y sobre todo cuestiona (como cree que Occidente le cuestiona a ella) el derecho de saber, de conocer sobre “el otro”, en esa polaridad Oriente-Occidente (9)

Respecto de si fuera capitalismo de Estado, como ha dicho hasta Cristina Fernández de Kirchner en la reciente Feria del Libro de La Habana. Conversé del tema con el economista Carlos Abalo, para quien hoy la economía china es mixta, entre capital estatal combinado con privado, porque los intentos de Mao de pasar a una organización socialista no funcionaron, sobre todo cuando vieron que debían meterse en una economía mundial, y allí habrían sucedido dos cosas: la necesidad de contar con capital privado, pues las empresas estatales no iban a poder captar la inversión de las grandes transnacionales, pues sólo así se apropiarían de la tecnología más avanzada (en ese punto sobre todo estudiaron el fracaso soviético en la carrera de la economía global), y porque “de alguna manera entendieron que en un mercado de fuerte competencia, sólo la burguesía desarrolla una especial aptitud para el manejo de empresas y de la inversión”. Eso no impidió, con todo, sigue Abalo, que colocaran ese desarrollo bajo el estricto cumplimiento del plan del Estado, dirigido por el PCCh, con el objetivo de alcanzar el máximo desarrollo posible dentro del sistema mundial capitalista, porque sin desarrollo previo no hay posibilidad de socialismo. O sea, en su opinión China reconoce que vivimos en un sistema mundial capitalista y que va a permanecer siendo así un tiempo durante el cual no se puede captar la inversión y desarrollarse como si se estuviera fuera del sistema. La estrategia es usar “una parte estatal y otra privada y su burguesía” pero “el conjunto está bajo la decisión programática del Estado”. En su conclusión, rechaza las ideas de una “convergencia” o un “conjunto acorde” con EEUU tanto como “la visión errónea del trotskismo” sobre una China capitalista y punto.

También me resulta interesante una opinión que me dio el economista chileno Osvaldo Rosales, experto en China, en una entrevista que le hice en Radio Cooperativa/Sputnik. Me contestó que no se podía adjetivar así a China, porque, señaló, Suecia es capitalista, pero “también lo son Guatemala, Sudán, Holanda”, países tan diversos entre sí, y que hay capitalismos de distinto orden (anglosajón, liberal, de los países escandinavos, con o sin estado benefactor, etc.) “¿Qué gano con esa adjetivación? Hay que poner muchas explicaciones, mercado, plusvalía”, es decir, no sirve para calificar, siguió el ex economista de la CEPAL, tratando de escapar al uso de términos antiguos para una coyuntura como la del siglo XXI. Aunque en algún momento del diálogo opinó que China tendría una suerte de capitalismo de Estado, insistió en que “hace falta agregar otros adjetivos, es tarea de la ciencia social buscar la nueva caracterización”. Mi opinión es que ella debería ser novedosa, en torno a la hibridez y no al capitalismo a secas.

Con estas últimas visiones podríamos consensuar la idea de que hay una clara dirección del Estado, y del Partido en su cúpula, en el camino del desarrollo modernizador chino, que nadie ignora enfrenta insuficiencias, obstáculos, abusos, errores, como en toda construcción humana. Con Gustavo Ng ya hemos planteado que la idea quizá más cercana sobre qué es China es acaso un modelo nacionalista algo híbrido entre los teorizados por Adam Smith y Marx (10), materializando una formación histórico-social exclusiva que desborda las categorías clásicas del análisis del capital.

Una arista final más a considerar es que tanto el capitalismo como el comunismo se concibieron como globales, sin fronteras nacionales, de ahí su propensión a expandirse, a exportarse. El país núcleo actual del sistema lo viene intentando, si no de antes, desde tiempos de Teddy “Garrote” Roosevelt, quien al igual que los Bush en Irak un siglo después decía, ¿con hipocresía o convicción?, llevar la civilización y sus valores urbi et orbi porque así lo ordenaba la Providencia… El comunismo, a su vez, lo intentó sobre todo con las posiciones de León Trotski y el internacionalismo, pero también incluso con los soviéticos o sus países aliados, solidarios en exportar la Revolución a tierras lejanas. Mao también hizo parte de la lucha internacional, tercermundista en esa época, pero fue mucho más cauto. Y en la actualidad China no pretende exportar ideología, ni enseñarle su modelo a nadie. Ahí está para quien quiera conocerlo.

En síntesis, la visión más burda que hay de la China reciente es la de una era comunista con Mao, 1949/76, y otra capitalista a secas iniciada con la “reforma y apertura” de Deng (11), 1978 a la fecha, cada una a su vez con varias etapas. Punto y ya. Esa supuesta grieta, sin desconocer el giro profundo que tuvo China a la muerte de Mao, las dos realidades tan diferenciadas entre ambos períodos, no me parece analíticamente acertada y es ajena al marco ideológico con que, propongo, debería analizarse la historia de la República Popular y del conjunto de la compleja y diversa sociedad china.

Después de todo, la base ideológica del estudio del capital, el marxismo, es occidental, y en particular europea, tan luego de una región geográfica bastante acotada de un rincón de Europa en un período específico del siglo XIX. El aporte de Marx en la explicación y disección de las leyes del capital fue indudablemente monumental. Podría argumentarse, con el viejo alemán, que China es un sistema capitalista porque es “el capital” la parte de la producción que se empleará como insumo o herramienta para producir un bien o un servicio. Y porque su “sistema” no produce para el autoconsumo y, a lo sumo, con un pequeño excedente, sino para el mercado, y la conjunción de capital y mercado (ese tipo de mercado, ampliado todo lo posible o lo impuesto) lo define. Pero si a esa idea de capital, abonada luego por otros intelectuales discípulos de Marx, le ha costado explicar sistemas de zonas occidentales no europeas como Latinoamérica (lo de capitalismo periférico es un intento, valioso pero acotado), sobre China es aún más complejo el debate, dada la otredad -vista desde Occidente- de la cosmovisión china, su pueblo, sus etnias, su conjunto civilizatorio. Y lo más fútil de todo: sólo nutre a un endogámico micromundo intelectual, pero creo que no aporta fuera de ello para entender al país que está reformateando el planeta.

Al leer un borrador de este apunte, una amiga de Historia me recordó que, como enseña el historiador británico marxista E.P. Thompson, el sistema es tanto un modo de producción como un dispositivo cultural, sin que se priorice uno sobre el otro. Cada etapa histórica define esa correlación, porque después de todo la clase obrera está expuesta a dispositivos económicos y culturales, y sin producción no hay historia, pero sin cultura no hay producción. Creo que lo mismo pensaría Eric Hobsbawm.

Como mínimo, la discusión sobre si es capitalismo o si es socialismo no es blanco o negro. Y no estamos pensando en la famosa frase de Deng sobre el gato caza ratones. O quizá sí.

Notas

1 Más allá de que en Marx el carácter socialista no estaba dado tanto por la propiedad estatal sino por  “la propiedad de los productores asociados” (los trabajadores), los debates sobre si en China hay capitalismo (así sea de Estado) o socialismo (así sea “de mercado” o con “características chinas”) se han centrado en general en el peso estatal en los factores de producción. Lo cual por cierto no es exclusivo para China.

2 Bekinschtein explica que, en idioma chino, las reformas de los ´80 y los ’90 se llamaron gàigè, es decir “cambiar el sistema”, pero no hacia una privatización, sino hacia formas híbridas con alta presencia del Estado mayormente. En todo caso, los discursos de Deng sugieren que su objetivo, aunque con horizonte socialista, es un estado moderno que dé respuestas a las cuestiones del poder y la riqueza nacional. Ver Bekinschtein, José A., “Un mundo para negocios”, Ediciones del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2012. Sobre las reformas de ese período, ver por ejemplo Zhu Rongji, Zhu Rongji on the record, Brookings Institution Press, Washington DC, 2018.

3 Arrighi, Giovanni, “Adam Smith en Pekín, Orígenes y fundamentos del Siglo XXI”, Akal, Madrid, 2007. Sobre la cuestión de los burgueses chinos, Meisner se pregunta de dónde hubieran podido surgir en China si no de la propia dirigencia comunista, dado que la incipiente y muy pequeña surgida de la Revolución de 1911 había dejado de existir en los años de 1950. Ver Meisner, Maurice. “La China de Mao y después. Una historia de la República Popular”, Comunicarte, Córdoba, 2007.

4 Godio, Julio. “El futuro de una ilusión. Socialismo y mercado”. Capital Intelectual, Buenos Aires, 2011. Es interesante observar, y admitir, que China por su parte ha comprado también el discurso del “libre mercado” en provecho propio. 

5 Ver, por ejemplo, Kissinger, Henry. “China”, Debate, Buenos Aires, 2012.

6 Allison, Graham, “Destined for War. Can America and China escape Thucydides’s trap?”, Mariner Books, New York, 2017. Allí el autor, experto en relaciones internacionales y asesor oficial, plantea su célebre estudio sobre la llamada Trampa de Tucídides, o sea la posibilidad o no de guerra entre una potencia en declive como Esparta (EEUU) y otra desafiante como Atenas (China). Sobre la cuestión del nacionalismo, conviene aclarar, como Mobo Gao, que es un tema complejo y que él prefiere el concepto de estado multinacional. Recomandamos su lectura. Mobo Gao, “Constructing China. Clashing wires at the People’s Republic”, Pluto Press, Londres, 2018.

7 Traducción de Carlos Mendoza, quien participó de un seminario en la Academia donde se debatieron estos temas en octubre de 2014. Ver https://www.tesis11.org.ar/china-el-socialismo-y-la-linea-de-masas/

8 Ver, por ejemplo, Xi, Jinping, “La gobernación y administración china”, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Beijing 2014. Entre otros, afirma que se mantendrá el “alma viva del pensamiento de Mao Zedong”, esto es, “la búsqueda de la verdad en los hechos, la línea de masas, la independencia y la autodeterminación”. O también, “En la práctica, el socialismo mundial no ha podido resolver el desafío de cómo gobernar la sociedad socialista, una sociedad totalmente nueva. Carlos Marx y Federico Engels no tenían experiencia práctica en cómo gobernar de manera integral un país socialista (…), Nuestro Partido, desde que llegó al poder, ha trabajado incansablemente en el estudio del problema”. Una más, entre tantas: “Los valores socialistas clave por lo que abogamos representan precisa y plenamente la continuación y sublimación de la excelente cultura china tradicional”. Ver también Lu Jie, “Historia de la República Popular China”, Peña Lillo- Ediciones Continente, Buenos Aires, 2019. Allí se lee a Xi decir, al presentar su Sueño Chino: “Cuando la República Popular celebre su aniversario número 100 (en 2049) nos habremos convertido en un país socialista, fuerte, próspero, democrático, civilizado, armónico y moderno que avanza hacia el gran rejuvenecimiento”.

9 Ver al respecto Mobo Gao, op. cit. Donde el autor señala: “From one perspective, China not only was invaded, semi-colonized, exploited and plundered but also, and because of that experience, does not have the right to knowledge. The Chinese don’t have what is called huanyu quan (discursive right) on the international stage. What is right and wrong, what is good or bad, what should be valued and what is legitimate are dictated to the Chinese by the West. Ultimately, the West has the right to knowledge and has the power and resources to produce knowledge about China—to construct China.”

10 Restivo, Néstor, y Ng, Gustavo, “Todo lo que necesitas saber sobre China”, Editorial Paidós, Buenos Aires, 2015.

11 Desde 1978/79, con el lanzamiento de la Reforma y Apertura de Deng, se decreta el fin de la lucha de clases, o al menos de las luchas “turbulentas” y “masivas”, y se combinará ajuste planificado con ajuste de mercado. Se habla de ello en la célebre III Sesión Plenaria del XI Comité Central, también de “democracia socialista” y de un Partido leninista reformado y más moderno, tras el caótico período de la Revolución Cultural. 

2 comentarios sobre “China: cómo entender si diagnosticamos mal

Los comentarios están cerrados.

Crea tu página web en WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: