Un tango llamado Gaviota

En 2011 Ou Zhanming regresó a China con el corazón cargado del tango que se le prendó en los años que pasó en Buenos Aires. Se bautizó Gaviota, para que en las milongas recordaran su nombre. Traductor de libros de tango, tanguero de ley, hoy representa a la Academia Nacional del Tango y se encarga del tema en la Embajada Argentina. Reproducimos aquí el relato de su vida que escribió para el libro “Nosotros crónicas de la cercanía cultural de China y Argentina”, de la Academia de Ciencias Sociales de China.

 “Ya nunca me verás como me vieras…” Esta frase pertenece a un tango escrito por Homero Manzi en 1948. Se llama “Sur” en alusión a un barrio de la ciudad de Buenos Aires. Estos versos me identifican profundamente. Mis orígenes están en Fujien, al sur de China, donde viví 22 años. Desde que me fui de mi pueblo hasta el día en que regresé, las personas que me vieron nacer y crecer, no imaginaron en lo que me convertiría. Incluso yo jamás hubiera adivinado que iba ser un tanguero feliz… Ya nunca me verán como me vieron… He aquí mi historia…

Comenzar a andar caminos, fue mi lucha

Nací exactamente en la isla de Dongshan el 19 de septiembre de 1983 con parálisis infantil. La padecí durante diez años en mis piernas y brazos. Los médicos le habían dicho a mi madre que no iba a poder caminar ni moverme jamás. En 1993, con apenas 10 años, me operaron. En la sala del hospital había ocho niños en las mismas condiciones que yo. A todos nos operaron, pero sólo yo logré recuperarme. Luego de varios tratamientos de rehabilitación pude caminar y moverme. Un año antes de mi cirugía había fallecido el gran maestro de tango Astor Piazzolla. Su hija, Diana, escribió la biografía de su padre. Cuando la traduje al chino me enteré que él también había nacido con parálisis infantil y que, durante sus primeros tres años de vida, le practicaron siete cirugías de las cuales seis fallaron y recién con la última Astor logró sanarse. Cuando leí su historia me sentí emocionado. Pude imaginar su dolor, su sufrimiento. Si bien no fuimos contemporáneos, tenemos muchas cosas en común: puedo sentir igual que él.

Durante la rehabilitación del niño Piazzolla, su padre le dijo: “Si Dios te cierra una puerta, seguramente te abrirá una ventana”. La misma frase que mi papá me dirigió cuando estaba en el hospital luchando por reponerme.

A mediados de los 90 hubo una gran emigración de fujianeses hacia Argentina. Mi padre fue uno de los tantos que viajó a esa tierra lejana. Recuerdo que lo despedí en el aeropuerto y me preguntaba a mí mismo qué ventana me abriría Dios. Ni siquiera tenía buenos estudios secundarios.

En el 2002 desaprobé el examen para entrar a la universidad y ahí fue cuando decidí, aconsejado por mis familiares y amigos, viajar a la Argentina. Me sentía una persona fallada y no quería ser un empleado temporal toda la vida. No tenía ni piernas ni brazos normales, tampoco era un gran estudiante y aquí sólo podía trabajar para sobrevivir. Cuando comuniqué mis ganas de viajar a Buenos Aires, me llovieron millones de críticas. Todos se preguntaban qué iba a poder hacer yo. Decían que sería un peso para mi padre. No obstante, nada derribó mis ganas de intentarlo. Lo primero que hice fue estudiar el idioma español por mi cuenta y, antes de partir, en el año 2005, ya sabía lo básico para moverme en la jungla porteña.

Una juventud arrepentida

Al llegar al lejano país, mi padre ya había planificado mi vida. Él quería que tuviera un supermercado. Pensaba que con ese negocio sería mucho más fácil para mí casarme y tener hijos. Todos mis paisanos consideraban que luego de cinco años de vivir en Buenos Aires como dueño de un supermercado podría insertarme dentro de la clase media argentina. Pasada una década lograría regresar a China a comprar viviendas o invertir en diferentes rubros con un poder adquisitivo excelente.

Por supuesto, comencé a trabajar como empleado de supermercado, durante diez horas todos los días, sin descansos, en el mismo lugar. Pero no lo tomé en serio. Fue como jugar, ya que los amigos de mi padre eran mis jefes y sabían de mi problema físico. Entonces, no hacía trabajos pesados, sólo oficiaba de traductor entre ellos y los proveedores. Mi español básico me ayudó muchísimo en esos momentos.

Debo confesar que me cansé rápidamente del ambiente comercial. La tarea me daba un buen ingreso, pero vivía encerrado, encarcelado. Y fue allí, donde decidí salir de ese camino chato, monótono, repleto de lo mismo. 

Con mi padre en contra, elegí ser periodista. Trabajé siete años en esta maravillosa profesión en un semanario de la comunidad china. Mi padre se oponía a mi nuevo trabajo por mi seguridad. Había escuchado sobre un asesinato muy resonante en la prensa argentina. Estaba muy preocupado por mi bienestar.

Una noche, de regreso de la oficina, él me esperó muy contento para darme una gran noticia. “Compré un supermercado para ti —me dijo—. Pagué 200 mil dólares. Tiene un buen ambiente y quiero que lo trabajes con mi esposa”. Le dije que no. La discusión fue terrible. Salí de mi casa para evitar más inconvenientes. Por primera vez lloré. Lloré mucho caminando por Buenos Aires. Llamé a mi jefe, el editor de la revista, y le conté lo que me estaba pasando. Él me dijo: “Si sigues adelante en mi revista, vas a mejorar y todo saldrá bien”. Esa frase del Sr. Qiu fue como una luz en mi camino. Supe que no tenía que abandonar mis sueños. Sequé mis lágrimas y regresé a casa. Mi padre estaba en paz, tranquilo. Solo mencionó que respetaba mi decisión y esperaba con todo su amor que no tuviera que arrepentirme de nada. Luego de este episodio, la relación entre padre e hijo fue normal. Tuvimos épocas de peleas y de mucha amistad también.

Ser periodista del semanario chino “Nuevo Continente” me cambió la vida por completo. Durante siete años obtuve el conocimiento y la experiencia para escribir, traducir, colaborar y editar. De un mediocre estudiante me convertí en un autor y periodista profesional. Este trabajo me abrió las puertas para investigar todo lo concerniente al tango.

 Aquí fue donde nació mi seudónimo Gaviota. Mi apellido Ou es un tipo de pájaro en China y además mi madre me dio a luz en una isla. Todo esto sumado a mis ganas de volar y mi amor por la Argentina encaminó mi orgullosa elección hacia el nombre de ese ser que viaja permanentemente por los cielos de varios continentes.

Tango: una fantasía

En Buenos Aires vivía en el emblemático barrio de Flores. Mi padre había alquilado un departamento cerca de las vías del ferrocarril Sarmiento. Vivíamos en un tercer piso y cada planta tenía cuatro departamentos. A diario, me acompañaba el sonido de la marcha presurosa del tren. Pero había algo más. Una música, una canción. La voz era nítida y parecía grabada desde hacía mucho tiempo. Todas las tardes, venía desde la cocina de enfrente e invadía mi departamento mientras cocinaba. Me impactaron la melodía y la voz del cantante. Sonaba muy triste, como lamentándose. Debo confesar que, para una persona como yo que estaba tan lejos de su patria, ese sonido penetró en mi más hondo sentir. Muchas veces me quedaba escuchando, y si bien no podía entender lo que decía la letra de la canción, me quedaba inmerso en un mundo imaginario, atónito, casi hipnotizado.

Una tarde, de regreso de la editorial, me encontré en la puerta del edificio, con un matrimonio de vecinos. Eran los dueños del departamento de enfrente.  Fueron mi primera imagen de argentinos cariñosos y demostrativos que hasta ese momento no había logrado encontrar. Todos me parecían fríos y distantes. A ambos les comenté lo que escuchaba por las tardes. Ellos se miraron con complicidad y me invitaron a tomar el té a su casa. Subimos por el ascensor y cuando llegamos al tercer piso nos dirigimos a la derecha del pasillo. El hombre abrió la puerta y me dijo: “la voz que escuchas viene de aquí, de mi vitrola, y es la de Carlos Gardel; él es el rey del tango y todos los argentinos lo admiramos con devoción. Aquí —me mostró dentro de un cajón— tengo un montón de discos de pasta que heredé de mi padre; los guardo como un tesoro y los escucho todos los días. Forman parte de mi vida cotidiana y son para mí esenciales para seguir, casi como comer o respirar”.

Recuerdo que era una casa con un living muy grande y ordenado. Había muchos muebles y libros. Sobre la vitrola, alguien me trasmitía su alegría: un cuadro de Gardel me miraba. Era indudable que su voz salía de ese aparato antiguo, cruzaba el inmenso comedor, correteaba por la cocina y llegaba mágicamente a mi casa. También el hombre me mostró su bandoneón, que fuera fabricado en Alemania en 1930. Fue una de las cosas que también me deleitó conocer. Heredado de su padre, al igual que el resto de su mundo de tango, me dedicó algunos acordes y pedacitos de melodías conocidas. Fue impresionante. El señor era un formal profesor universitario y el tango era su vida. A partir de ese momento, los visité con asiduidad y con ellos aprendí a amar el dos por cuatro. Empecé a estudiar el significado de las letras de las canciones, pero había muchas palabras que no podía encontrar en el diccionario. Allí descubrí el lunfardo, el idioma tanguero. Disfruté cada momento de lectura, de relatos. El tango fue metiéndose en mi vida, mientras cocinaba, leía o tomaba una taza de café siempre estaba presente.

Durante un festival de tango conocí en Buenos Aires al profesor Oscar Conde, autor del “Diccionario porteño de lunfardo”. Él se sorprendió mucho al saber que un joven chino estudiaba con entusiasmo su libro para conocer el significado de las palabras.

Uno de mis principales trabajos en el semanario era traducir del castellano al chino noticias sociales y culturales argentinas. Como tenía libertad para elegir los temas, me aboqué a escribir sobre tango; encuentros, festivales, guías para turistas, conciertos, exposiciones, etc. Fue así como hice muchísimos contactos y relaciones en el mundo porteño. Esto me permitía disfrutar del ambiente del dos por cuatro mientras trabajaba.

Ser un tanguero

En el 2011 regresé a China. Estaba dispuesto a transitar el camino de la historia del tango y convertirme en un especialista en mi país.

Durante un tiempo, me dediqué a musicalizar encuentros de milongas que ya comenzaban a abrir sus puertas en pleno Beijing. Hasta que en el 2013 conocí a Jorge Gurbanov, director de la Editorial Continente de Buenos Aires. Estaba de visita en China invitado por la Embajada de la República Argentina con motivo de la realización de la Feria del Libro Internacional. Conversamos largo rato en compañía también del Consejero Cultural, Santiago Martino, y del Ministro de Prensa, Guillermo Devoto, quienes se convertirían, con el tiempo, en mis grandes amigos. Al día siguiente, Jorge me invitó a conocer su stand en la exposición. Allí, me dijo que quería publicar un libro de tango en idioma chino; que quería traducir una de las obras del maestro argentino Horacio Ferrer, poeta, filósofo, dramaturgo, autor, fanático del dos por cuatro y, como si todo esto fuera poco, fundador de la Academia Nacional de Tango. No podía creer lo estaba escuchando. Este había sido mi sueño desde mi prolongada estadía en Buenos Aires. Tuve mucho miedo de no estar a la altura de las circunstancias. Traducir un libro de Ferrer era un gran desafío. No quería hacer un papelón. Jorge me dio mucha confianza. “Estoy en frente de la persona indicada —me dijo—. Viviste en mi ciudad, conoces muy bien el ritmo y además eres un gran periodista chino”. Sentí que no tenía excusas para negarme y acepté. Traduje dos libros: “Tango: su historia y evolución”, de Horacio Ferrer, y “Tango, testigo social”, de Andrés Carretero, ambos publicados por la Universidad Normal de Beijing y subsidiados por el Programa Sur del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina.

Cuando comencé las traducciones, choqué con una barrera inesperada. Entender el vasto vocabulario del excelente poeta Ferrer no fue tarea fácil. En cambio, la traducción del libro de Carretero me resultó más sencilla. Por tal motivo, releí varias veces ambas obras y decidí comenzar por la más complicada.

“Tango, su historia y evolución” me resultó más grave de lo que imaginaba. No podía encontrarle la vuelta. Ferrer había escrito ese libro en los años 50. Es un gran ensayo crítico de la historia del tango y no está relatado de manera cronológica. ¿Cómo podía hacer para que los lectores de mi país entendieran algo del tema? El autor nombraba muchísimos personajes de los cuales mis compatriotas jamás habían tenido referencias. Consulté con mi editor, el Sr. Wang Zering y él me autorizó a realizar las anotaciones y agregados necesarios para una mayor comprensión. Era un libro pequeño; pasarlo a mi lengua me ocupó cuarenta mil caracteres que se transformaron en más de setenta mil. Casi el doble del original, con las aclaraciones necesarias. Fue un arduo trabajo de investigación y comprensión de textos. Tres meses de traducción y otro tanto de edición transcurrieron hasta que el 1º de Julio de 2014 se publicó mi primera obra.

“Tango, su historia y evolución” fue presentado en el Teatro Nacional de Beijing, lugar donde se llevaba a cabo la segunda edición del Festival de Tango. El argentino Gustavo Mossi, presidente del mundial de dicho ritmo, se llevó un libro firmado por mí. Al tiempo, recibí un mail donde me decía que el maestro Horacio Ferrer estaba muy emocionado de saber que sus escritos recorrían Asia y que me enviaba su más sincero agradecimiento. Al mail, lo acompañaba un archivo que contenía una foto del gran maestro sosteniendo mi traducción autografiada.

Debo confesar que, luego de mi primera experiencia, se abrieron las puertas de mi mente para continuar con esta hermosa labor. Me di cuenta de cómo hacer para investigar y traducir a la vez. Este fue el momento en el que me sentí realmente un crítico y periodista profesional del tango.

En la segunda mitad del 2015 mi editor publicó la otra traducción, “Tango, testigo social”, un estudio sociológico del dos por cuatro realizado por Andrés Carretero muy interesante, por cierto.

Mi trabajo recibió muchas críticas. Estaba preparado y tenía la voluntad y perseverancia suficientes para aceptar todo tipo de comentarios. Ocupar un espacio importante en este medio era mi principal objetivo. Quizás la mayor dificultad que tuve que atravesar fue entender que la traducción del castellano al chino no es fluida y que ambos idiomas pueden tener diferentes formas de interpretación. El gran desafío fue, sin dudas, hallar las palabras exactas y decir en mi lengua lo mismo que el autor original del texto. 

Los libros ya estaban hechos. No importaban los buenos o malos comentarios al respecto. Sólo me aboqué a continuar con mi carrera y buscar nuevas obras que superaran a las anteriores. Nada más llevaba traducidos dos libros de tango. El conocimiento adquirido no era suficiente para mí. Tenía sed de saberlo todo. En China existe una frase que dice: “si quieres mejorar una obra, primero debes afinar el lápiz”. Yo ya había comenzado a afinar el mío… Ahora necesitaba armar una biblioteca.

A fines de julio de 2014 viajé hacia Buenos Aires por segunda vez, renové mi documento y aproveché para recorrer varias librerías en busca de bibliografía tanguera. Fui a las ferias de San Telmo, Plaza Italia, los negocios de la avenida Corrientes, desde Callao hasta 9 de Julio. Compré todos los libros de tango que encontré. En una semana había reunido casi treinta kilos en ejemplares de segunda mano.

Buscar libros de tango en la jungla porteña es divertido, pero también doloroso. Resulta casi imposible conseguir ediciones nuevas. La gran mayoría son textos de no menos de tres años de antigüedad. Finalmente encontré biografías de Piazzolla, Gardel y Troilo, también una obra completa de Ferrer, otros libros de historiadores tangueros muy famosos, varios tomos sobre música y danza, milongas, etc. Compré por internet y fui a buscar cada libro a diferentes sitios y rincones del conurbano bonaerense. Recorrí un arduo y minucioso camino para agrandar mis conocimientos y mi biblioteca.

Pero todavía faltaba una emoción mayor. Gustavo Mossi me facilitó el teléfono de Horacio Ferrer. Me sentí muy emocionado. Lo llamé. Mientras marcaba su número podía sentir el retumbe de los latidos de mi corazón en cada espacio de mi cuerpo. La tarde del 1º de agosto nos encontramos en el hotel donde vivía. Ambos estábamos muy entusiasmados. Me encontré con el “gran maestro” de 81 años. Una leyenda del dos por cuatro. Me agradeció varias veces mi trabajo de traducción. “Jamás imaginé que mi libro pudiera publicarse en tu país”, me dijo. Ese día Horacio lucía un traje color café con un pañuelo muy brillante en su cuello. Habló de manera elegante y pausada. Nos tratamos como si hubiésemos sido amigos toda la vida. Le di mi libro y él me lo firmó. Rubricó su nombre y dibujó su característica flor de tallo derecho e interminable. Estaba acompañado por su adorada esposa Lulú. Me contó su historia, me dijo que había terminado de escribir su último libro “El mejor ciclo de tango” y me regaló un ejemplar impreso aún en papel borrador. Antes de irme, me invitó, al día siguiente, a visitar la Academia Nacional de Tango. “Quiero que seas Académico Correspondiente”, me dijo.  No lo podía creer. Ese es un galardón al que ningún tanguero extranjero ha podido acceder. Le volví a preguntar qué había querido decir. “Vas a hacer un chino único”, me contestó. Emocionado, al borde de las lágrimas, la única forma que encontré de agradecerle fue estrechándolo en un fuerte abrazo.

A las cuatro de la tarde del 2 de agosto, nos encontramos en la academia ubicada sobre la emblemática Avenida de Mayo, en un edificio de más de cien años de antigüedad. Al lado descansa el concurrido y tradicional “Café Tortoni”, la confitería más famosa de Buenos Aires. 

Conocí el Museo Mundial del Tango y la Sala Horacio Ferrer donde, aún hoy se realizan los eventos tangueros más relevantes de la sociedad porteña. Allí recibí mi diploma como “Miembro Académico Correspondiente” y tuve el gran honor de presenciar una reunión del Consejo.

¡Qué pesado me sentí! Con gran responsabilidad tenía que seguir el camino de la investigación y difusión del dos por cuatro. Ese galardón fue como una luz potente que iluminó mi camino.

Pero aún faltaban más emociones, el 14 de agosto exactamente un día después de la inauguración del Festival de Tango de Buenos Aires, Gustavo Mossi presentó, en la Argentina, mi libro traducido y estuve allí, frente a una multitud, sentado al lado de Horacio Ferrer. La sorpresa continuó… El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires me otorgó una mención en agradecimiento por el aporte y la difusión del tango en el mundo. No podía creerlo, no solamente estaba presente mi amigo, Ferrer, sino que compartí el premio con varios maestros tangueros tales como Alberto Podestá, con sus jóvenes 92 años, y 23 personalidades destacadas de la cultura. Era la primera vez que se entregaba este reconocimiento de tango a un chino.

Con mi premio en mano sólo atiné a decir: “Soy el menor en todo sentido de todos los aquí presentes. Sin duda, aporté muy poquito a este mundo maravilloso. Para mí es un reconocimiento inmenso y hoy, mi responsabilidad se acrecienta en el compromiso asumido para difundir el tango en mi país. Voy a tomar esa responsabilidad y sigo adelante con toda la fuerza. Con este diploma y el premio que me honra me tengo fe en ser un tanguero profesional”.

Antes de partir para China, el 1º de septiembre de 2014, Ferrer me obsequió varios libros firmados y dedicados de su puño y letra.

Regresé una tercera vez a la ciudad porteña, en el 2016, con el fin de seguir aumentando mi colección de libros. Al final, logré cumplir mi sueño de tener una biblioteca en mi casa de Beijing. No cabe duda, estos ejemplares son el alimento para mi espíritu en mi vida cotidiana.

Las biografías de los tangueros históricos

Para la mayoría de los chinos, el maestro de tango más famoso es Astor Piazzolla. Muchas de sus obras son muy conocidas. Se lo considera como el padre del dos por cuatro. Aunque en la Argentina lo antecedieron varias personalidades, músicos y cantantes populares, fue muy importante presentar aquí al auténtico Astor. En septiembre de 2015, Jorge Gurbanov, de Editorial Continente, volvió a Beijing para participar de la Feria del Libro. En esa oportunidad me trajo varios libros que trataban sobre la vida del maestro. Uno de ellos, se titula “Astor”. Es una biografía escrita por Diana, la hija de Piazzolla. Con un lenguaje coloquial y muy seductor, describe a su padre en cuerpo y alma. Luego de leerla, me di cuenta de que, si traducía esta obra al chino, mis compatriotas tendrían un conocimiento nuevo del maestro. Así fue como la Editorial Corregidor de la Argentina y la Editorial del Diario del Pueblo de China firmaron un contrato para la traducción y me designaron a mí para hacerla, con el auspicio nuevamente del Programa Sur del Ministerio de Relaciones Exteriores argentino.

Al culminar mi trabajo, realicé muchas traducciones de biografías de otros personajes tangueros. Por eso, a fines del 2015, abrí un blog de internet, muy conocido en mi país, llamado wechat, titulado “Tanguero Gaviota” donde se pueden encontrar innumerables escritos, cuentos, críticas, análisis y adaptaciones de diferentes obras, reportajes, música, danza, videos, etc. 

También comparto la biografía de diez mil caracteres del gran maestro Walter Ríos quien visitó China en dos oportunidades, la última este año 2018, cuando nos deleitó con hermosas melodías que emanan desde el alma de su bandoneón; al igual que el genial Víctor Lavallén quién con sus joviales 83 años sigue representando al dos por cuatro en diferentes escenarios del mundo.

En fin, puedo afirmar que he pasado de ser un periodista tradicional a uno online. Soy un hombre de suerte. Ser oyente y escritor de tango es un privilegio indescriptible. Acercar su historia a los lectores de mi país resulta una doble satisfacción. 

El camino de la investigación tanguera es muy largo y se encuentra repleto de desconocimiento. Pero lo disfruto a cada paso. Me siento capacitado y preparado para continuar. Como ciudadano chino me considero un privilegiado por trabajar codo a codo junto a mis compañeros y amigos de la Embajada Argentina. Mi principal objetivo es acercar el tango, con su historia, sus personajes, sus canciones y su danza, a mis compatriotas. Es un honor y como tal, conlleva una enorme responsabilidad.

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