Lentes invisibles

¿Cómo abordamos lo que no se puede expresar en nuestro diccionario? La pandemia, este tiempo durante el cual “la fábrica de conocimiento comenzó a trabajar horas extras”, aceleró las “ideas” sobre China que mal maneja, en general, Occidente.

Por Juan Corte

Dos artículos recientes publicados en Ad Sina ensayan aquí y aquí una apuesta infrecuente y aventurada: escriben sobre China sorteando el reflejo intelectual de juzgar desde una auto percibida superioridad. Uno revuelve conceptos para explicar el sistema chino, dejando de lado la dicotomía entre socialismo y capitalismo; busca y emprende, consulta a otros que también esbozan metáforas para captar lo que tiene de exclusivo esa formación cultural, aquello que no se puede expresar con nuestro diccionario. En la misma línea de riesgo, el otro tensa la idea de universalidad de los valores occidentales y juega con el concepto de diferentes humanidades.

Los trabajos de Néstor Restivo y Gustavo Ng –y de los académicos referidos y entrevistados- sirven de excusa para reconocer a los que se atreven a pensar por afuera de los moldes que parecen ocupar todo el espacio simbólico: el paradigma occidental y la proclama. En el medio hay un camino muy angosto, que se ensancha a codazos y en el que a cada paso aparece una serpiente.

Por la zona segura se mueve una mayoría de especialistas que se concentra en comparar, casi en un ejercicio de semejanzas y diferencias, todo lo que a China le falta para ser una democracia occidental. La referencia siempre es narcisista: si utiliza mecanismos de mercado y existe el capital privado, entonces debe ser capitalista. Si – como dice Ng- se propone participar en la construcción de globalidad, seguramente busca destruir los pilares de nuestra cultura.

Son textos que administran herramientas conceptuales que vienen dando señales de obsolescencia. Fueron diseñadas para observar algunos fenómenos pero son convenientemente incapaces de ver otros. No logran hacer foco. Miles de escritos que en el fondo nos dicen: Cuidado, ellos son otros. El eco colonial y etnocéntrico algunas veces está disimulado bajo las fórmulas del prestigio académico; otras, casi siempre, es de una transparencia brutal.

El dispositivo es perfecto si lo que se quiere es ignorar los tres o cuatro procesos más importantes que ocurrieron en China –y probablemente en el mundo- en lo últimos treinta años. Todos los instrumentos están disponibles, incluso los premios y castigos, para que lo relevante se escape por un costado. Son lentes invisibles que, como parte de un dispositivo histórico que puede adquirir profunda sutilidad, exigen una cosa y no otra: emitir juicios de valor.

La pandemia dramatizó las posiciones, exasperó a los actores. La fábrica de conocimiento comenzó a trabajar horas extras. Había que aprovechar el momento: lo que eran argumentos morales bajo ropaje académico se transformó en ridiculización; lo que era egolatría se volvió prejuicio; y lo que era simplificador o dualista dio el salto final al puro racismo.

¿Cómo -y con quién- buscar los grises, los híbridos, los rasgos únicos que no tenemos palabras para describir? Los conceptos a mano no alcanzan, son expresiones que se entremezclan en la enorme absorción cultural que caracteriza a China, que adopta y adapta, demuele y recicla con los escombros. Se necesitan palabras nuevas para nombrar algo nuevo.

Pensar China es vadear un campo minado de clichés y lanzarse al desierto, es explorar ideas, perforar conceptos de aura inobjetable. Por ahora el tema real –el interesante, el que está afuera del entramado de intereses- sigue sumergido en esa complejidad que abruma, inasible, que cuando más de cerca se la mira más se bifurca.

Crea tu página web en WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: