Alivio de cuarentena

La periodista y editora relata de modo intimista y contagioso cómo es pasar el tiempo entre caracteres chinos.

Por Aye Iñigo

La semana pasada soñé que tocaban el timbre en mi casa. Era un policía vestido con el característico uniforme de buzo bordó y chaleco turquesa; un hombre bastante robusto, de piel oscura y un poco más alto que yo. Le pregunté qué necesitaba y me dijo que quería que yo fuera a comprarle facturas a la panadería de la esquina. Le dije que no podía, porque estaba trabajando y, además, estaba en pantuflas. Y entonces, me respondió:

-没关系,我来了 (mei guan xi, wo lai le, “no hay problema, yo vengo”).

Recuerdo que en mi sueño no me extrañó en absoluto que un policía de la ciudad de Buenos Aires viniera a pedirme facturas y que encima me respondiera en chino mandarín. Lo que me extrañaba era que había usado mal las palabras: no tenía que decir “我来了” (wo lai le, “yo vengo”), tenía que decir “yo voy”, “我去” (wo qu). No llegué a marcarle el error, porque en ese momento me desperté.

Hace ya dos años que tomo clases de mandarín, pero desde que paso la mayor parte del tiempo dentro de mi casa por la pandemia del coronavirus el estudio del chino se convirtió en la única actividad que logra frenar mi pensamiento rumiante sobre la incertidumbre del futuro. Hay algo del chino que no se parece en nada a estudiar otros idiomas. Pienso que tiene que ver con la utilización de los caracteres: el esfuerzo mental que debo hacer para entenderlos y escribirlos me recuerda más a una clase de matemática que a una de inglés o francés.

Al menos dos veces por semana, me encierro durante la tarde en el estudio de mi casa y abro mi libro de ejercicios. Me gusta arrastrar lentamente el dedo índice por los caracteres y leerlos en voz alta. Cuando termino una oración agarro mi cuaderno de hojas cuadriculadas y trato de escribir esas mismas palabras respetando trazo por trazo, líneas ascendentes de izquierda a derecha, curvas descendentes, puntos, ganchos de arriba hacia abajo. Orden y repetición. 

Hay algo de ese ejercicio que implica una concentración tan fuerte, tan demandante, que no me permite pensar en ninguna otra cosa. Como si por ese lapso de tiempo se apagara el ruido de fondo que genera el mundo real en mi cabeza, como si todo fuera puro presente. El concepto del tiempo para los chinos es muy distinto a cómo lo entendemos nosotros. 前(qian) en mandarín significa “adelante” y también se utiliza para hablar del pasado, mientras que 后(hou) significa “atrás” y se utiliza para hablar del futuro. Para los chinos el pasado está adelante porque podemos verlo, y el futuro está detrás porque aún está vedado a nuestro conocimiento. Su razonamiento me parece sabio, me tranquiliza.

Publicado por Fernando Capotondo

Periodista, con experiencia en diarios y medios gráficos de alcance nacional (Tiempo Argentino, Crónica, Así, Perfil, Crítica de la Argentina y Contraeditorial, entre otros). Director de Llibres, sitio web de divulgación de cultura asiática.

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