Los Ochocientos

El forjamiento de otra realidad

Hoy se cumplen 75 años del final de la Segunda Guerra Mundial. Estos días se estrenó en China la película 八佰, Los ochocientos, que habla de la participación de ese país en la contienda. El tema es abordado en esta nota en un intento de comprender hasta qué punto China se nos presenta como otra realidad. 

Por Gustavo Ng

Estos días se ha estrenado en China la película 八佰, Los ochocientos, que cuenta la épica de un puñado de chinos que resistieron a la invasión japonesa en Shanghai, a principio de la década de 1940. 

El inglés John Ross ha explicado desde el Instituto Chongyang de Estudios Financieros de la Universidad de Renmin, que la versión que se impuso de la Segunda Guerra Mundial es una tergiversación de la realidad histórica. El relato de un conflicto ganado contra el fascismo por marines norteamericanos en las Islas del Pacífico y en el desembarco del Día D en Francia, desconoce la participación de China. Mientras los Estados Unidos tuvieron 420.000 bajas, China perdió más de 30 millones de personas en la Guerra de Resistencia contra la Agresión Japonesa, como se conoce a la prolongada lucha de China contra Japón entre 1931 y 1945. 

“La magnitud de la resistencia del pueblo chino a Japón tuvo un efecto crucial” en el escenario europeo de la guerra”, sostuvo Ross, al “socavar por completo la estrategia de Japón”, que apuntaba a atacar la Unión Soviética desde el Este. 

Sobre la historia que cuenta la película 八佰, el diario Global Times refirió que “los héroes no nacen héroes. Al igual que muchos de nosotros haríamos, estos soldados consideraron salir corriendo de aquel infierno (…) Pero poco a poco estos van comprendiendo su responsabilidad y deber de luchar por sus compatriotas, que los habían apoyado durante semanas mandándoles todo lo que necesitaban.”

El relato de fondo es que China no ataca, sólo se defiende como víctima. Pero esa defensa es enorme y heroica, y al final triunfante.

Incorporar lo ajeno

Para el cierre del film, el director Guan Hu echó mano nada menos que a la melodía “Londonderry Air”, con la que se ha hecho la divina canción “Danny Boy”, rebautizada en la película como 苏州河  (Río Suzhou, traducida al inglés como Remembering) y cantada por el tenor italiano Andrea Bocelli, en dueto con la estrella pop local Na Ying.

¿Cómo es que una película que es el apogeo del espíritu nacional chino, cierra con un tema que es un himno del corazón irlandés? 

¿Cómo incorporan los chinos, que son tan chinos, elementos que son rotundas marcas de identidad de otras culturas?

Quizás nos ofrezca una pista la idea de diégesis, uno de los nombres que se usan para referir a un mundo ficticio. 

“Diégesis” tiene origen en el término griego διήγησις, que significa relato, exposición o explicación, y define un mundo que es narrado, que tiene su espacio, su tiempo y sus personajes, y cuyos acontecimientos obedecen a una lógica propia. O sea, las cosas ocurren en un tiempo determinado, en un lugar definido, entre unas personas identificadas, y de acuerdo a unas reglas específicas que caracterizan a esa realidad única. 

El tema de la lógica propia es crítico en este esquema. La realidad de una diégesis es verosímil, pero no funciona según las reglas de la realidad en la que vivimos.

En El libro de los seres imaginarios, Jorge Luis Borges menciona decenas de veces a China como origen de tales criaturas. Habla de un rey que “tenía en sus establos dragones de silla y de tiro”, de otro que “se nutrió de dragones y su reino fue próspero”, de un zorro que vive “entre ochocientos y mil años”, de personas con cabeza humana, alas de murciélago y pico de pájaro y de otras que tienen “los ojos en el pecho y su ombligo es su boca”. 

La concepción de China como un territorio en que la realidad es fantástica tuvo una formalización pregnante con el fenómeno Marco Polo, en un tiempo en que los europeos sentían predilección por lo fabuloso. En sus primeras versiones francesas, los escritos de Marco Polo se llamaron Libro de las maravillas del mundo, y describen desde los bacsi, diabólicos astrólogos del emperador Kublai Khan, que asaban y devoraban a los condenados a muerte, hasta el Gran Canal, construido en el siglo VII por cinco millones de hombres y mujeres, para formar la red de canales artificiales, lagos y ríos más grande del mundo.

Marco Polo aconteció en una de las dos fases del ciclo de apertura y clausura en cuya repetición parece devenir la historia china. Así como hoy, desde los últimos años de la década de 1970, China vive, declamadamente un período de puertas abiertas al mundo, la dinastía Yuan en que floreció Marco Polo hizo del intercambio con otras regiones y culturas uno de los ejes de su florecimiento.

Pareciera que ningún aspecto de la realidad china se materializa sino como parte de la alternancia de dos fases, opuestas y complementarias. Yin y yang. Así como hay una fase de apertura y otra de clausura, también hay una instancia de esencialismo chino y otra de incorporación de elementos foráneos. China está compuesta por lo que brota en lo más profundo de su interior, tanto como por aquello que es importado de lo más remoto del mundo exterior. 

De la misma manera en que las dos fases componen un todo armónico, pero no se fusionan, los productos, ideas, costumbres, inventos, religiones exóticas, mantienen su forma cuando son adaptados a la realidad china.

Mantienen su forma, pero son adaptados; son adaptados, pero mantienen su forma. Es lo que ha sucedido, por ejemplo, con el budismo, la perspectiva lineal en el dibujo, la arquitectura actual, el Islam, la matemática y la astronomía de Giaccomo Rho, el marxismo, el capitalismo. 

Las realidades dominantes de nuestros países occidentales han sido desmanteladas y levantadas una y otra vez, mientras la realidad china ha sido labrada en una continuidad más sólida. Es como una alfombra gigante que sostiene una imagen. Una imagen que tiende al infinito: incesantemente, millones de manos le hacen pequeñas modificaciones, y el resultado es una realidad siempre cambiante y siempre igual a sí misma.

Una realidad tan intrincada y elaborada, que hace suyo todo lo que asimila, aún conservando su forma inicial, cada vez que es narrada. Tal narración resulta una diégesis, como decíamos antes: una realidad especial. 

China tiene sus temporalidades, sus espacios, sus personajes y las cosas suceden según una lógica tan abigarradamente propia, que resulta difícil de desentrañar.

Quizás por eso, desde nuestras realidades China siempre nos asombra. Siempre parece estar envuelta en un estado de ficción.

Para analizar el videoclip 苏州河  (Río Suzhou), la especialista en imagen y sonido Erika Pattacini echa mano a la diégesis. “En una pieza audiovisual la música puede ser diegética o extradiegética”, dice. “En el primer caso, la música pertenece a la realidad que es narrada; en el segundo, no.” 

Por otra parte, Pattacini indica que la música también puede ser empática o anempática. “Es anempática cuando el carácter psicológico de la escena no se condice con el de la música”. Pone como ejemplo una melodía apacible en una escena tensa, o un aire agradable para imágenes duras.

Tomados como claves, los mecanismos de la extradiégesis y la anempatía podrían aportar significado al modo en que los chinos incorporan elementos de otras realidades a la suya.

El forjamiento de otra realidad

En las imágenes del videoclip se puede apreciar algo cualitativamente distinto a las películas que se hacen en Occidente. No parece ser una película excepcional en cuanto a la historia o el aporte cinematográfico total, pero está filmada entera con cámaras IMAX, cuya extrema resolución le ofrece la posibilidad de trabajar detalles en bloques de 10 centímetros cuadrados dentro de una proyección de 7 metros de largo por 3,77 metros de alto. 

“Todo chino es un artesano”, decía el lúcido poeta belga Henri Michaux, asombrado de que cada pequeño artefacto creado por la mano china estuviera sobrecargado de labor. La cámara IMAX despierta esa alma artesana, la misma con la que hace poco un joven Zheng Chunhui ha esculpido en un tronco de 12 metros de largo por 2,4 metros de ancho y 3 metros de alto la reproducción exacta de una pintura de hace mil años, que incluye las figuras de 550 personas. 

Parte de lo asombroso de la película se puede apreciar en el detallismo dentro de cada cuadro del videoclip. Este barroquismo fenomenal está construido con una prodigalidad de símbolos, que forman una sintaxis agregada al relato. 

Un aficionado a la cultura china podrá descubrir edificios icónicos de la ciudad, nombres de empresas, prendas de vestir (incluso prendedores), los paraguas llevados por una muchedumbre, sinogramas, por supuesto, y un caballo blanco.

Es el caballo de la pintura tradicional china; el caballo que miles de pintores han pintado a lo largo de los siglos.

Sospechamos, entonces, que la película 八佰, Los ochocientos, posea esa calidad de alfombra tejida y sobretejida y sobretejida, que hace de la realidad china algo tan difícil de abordar en su totalidad.

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