71 años dentro de este mundo

Sólo una mirada exquisita como la de Gustavo Ng es capaz de proponer que una maravillosa crónica de viaje por la pequeña aldea de Hoisan, donde nació su padre, finalmente se convierta en el punto de partida de un lúcido análisis de este nuevo aniversario de la República Popular China.

Por Gustavo Ng

Parte de mi sangre provino de China.

Con los años remonté mis venas planetarias hasta la casa en la pequeña aldea de Hoisan, donde mi abuela parió a mi padre.

Ya como adultos, mi padre y yo miramos en distintas direcciones. Él no estaba de acuerdo con el socialismo y se fue a vivir a la Gran Metrópolis del capitalismo, y yo me quedé en el Tercer Mundo, alineado políticamente con Cuba y China.

Cuando cayó el Muro de Berlín la sensación generalizada era que, luego de una pulseada que había comenzado doscientos años antes y se había llevado todo el siglo XX, el Capitalismo había desterrado al Socialismo de la faz del Mundo.

Ahora nos preguntamos de cuál Mundo, porque en aquel momento la República Popular China, sin dar un paso atrás en su norte socialista, estaba resurgiendo de modo impresionante.

Aún hoy aquí en Argentina, como en Europa y en los países capitalistas en general, cuando se dice “Mundo”, se excluye a China.

¿No es asombroso?

(¿No es asombroso que el único que parece comprender el peso de China es el presidente Donald Trump?)

China ya es una de las dos primeras economías del mundo. Ya está cambiando la forma del Mundo. Estados Unidos, la primera potencia pareciera no tener más que una actitud defensiva frente China, y aún así los pensadores, periodistas, políticos, analistas occidentales se ponen apocalípticos con lo que llaman el Mundo, al que ven desbarrancarse hacia la antiutopía, como si China se debatiera en la misma crisis que El Salvador.

Los filósofos no dejan de repetir la sentencia de Fredric Jameson: “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

¿Y China?

Si su fenomenal desempeño económico se debiera al capitalismo, entonces el capitalismo no estaría en crisis en todo el Mundo.

Si, en cambio, tuviera fundamento en una economía no capitalista, ¿no alcanza para imaginar el fin del capitalismo?

Cuando habla de la pandemia mundial, el francés Jean-Luc Nancy dice que el episodio pone en duda toda una civilización y que “los gobiernos no son más que tristes ejecutores” de “una especie de excepción viral –biológica, informática, cultural– que nos pandemiza”.

¿Y China, que tuvo una cantidad mínima de muertos y superó la pandemia sin vacuna?

Hasta el coreano Byung-Chul Han, como si hubiera nacido en Alemania, espera que “confiemos en que tras el virus venga una revolución humana”.

¿Y la revolución china, a qué especie pertenece?

China siguió resurgiendo después de la caída del Muro de Berlín, cuando flotaba en el aire de Occidente la sensación de que el Capitalismo había vencido y el norteamericano Francis Fukuyama publicaba El fin de la Historia.

Siguió creciendo más rápido y en mayor volumen que el resto de los países, atravesando la crisis del 2008, su propio terremoto financiero de 2015 y todo parece indicar que la pandemia del 2020 no será más que un tropiezo en una línea ascendente que tal vez termine ubicando a China como la potencia mundial del siglo XXI.

Esa expansión desmiente que la historia haya terminado con el triunfo del capitalismo.

Hoy, cuando los países capitalistas en masa no saben qué destino tendrán diferente a una debacle sin fondo, China asciende como una estrella.

Asciende China, basada en el socialismo.

Asciende el socialismo.

Y si queremos quitarle el ismo, podemos decir que asciende un país cuya economía ha sido conducida de manera tal que propició a unos mil millones de personas la salida de la pobreza.

En 40 años, entre 800 y mil millones de chinos dejaron de ser pobres.

Aún sin igualdad social, China va camino a ofrecer a cada una de las personas que la habitan una vida digna.

La gente tiene trabajo.

Los viejos son cuidados.

Las condiciones de vida mejoran día a día.

Incluso las condiciones ambientales.

La seguridad es extrema.

La vida puede transcurrir sin sobresaltos, con previsión.

La gente progresa.

Los jóvenes tienen fe en el futuro.

Los chicos, todos los chicos, van a la escuela.

Esto es lo que vi en la pequeña aldea de Hoisan (Taishan, 台山市), lo mismo que vi en mis visitas durante cinco años a casi todas las provincias y territorios de China.

Otro día hablaremos de las cosas que no me gustan de China, pero no puedo concebir que estos datos no signifiquen un triunfo rotundo.

Publicado por Fernando Capotondo

Periodista, con experiencia en diarios y medios gráficos de alcance nacional (Tiempo Argentino, Crónica, Así, Perfil, Crítica de la Argentina y Contraeditorial, entre otros). Director de Llibres, sitio web de divulgación de cultura asiática.

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