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Mulán, ¿refracción o reflejo de la realidad china?

En la línea de una nota reciente de AdSina sobre los preconceptos de Occidente cuando aborda en el cine o en series personajes chinos, Gabriel Shan, un joven de Hangzhou que hace su doctorado en la UBA, nos da su mirada sobre la versión de Disney de “Mulan” para público chino. Todavía falta mucho recorrido para un diálogo y una voluntad sinceres para empatizar con lo diferente.

Por Gabriel Shan (*)

La expectante película “Mulán”, producida por la poderosa compañía norteamericana Disney con un presupuesto sin precedentes -200 millones de dólares- salió a la pantalla china el 11 de septiembre y pocos días antes se subió a la plataforma digital de la misma compañía abierta a la audiencia global.

Se trata de una película que, desde el día del anuncio de su producción, nunca ha dejado de llamar la atención mediática porque no sólo fue el primer intento de Disney de adaptar una de sus películas animadas más aplaudidas al live action, sino que, en un contexto de creciente tensión entre China y EEUU en casi todas las áreas, la película que narra una leyenda de mil años atrás se convirtió en el blanco de ataques verbales a propósito de varios temas contemporáneos, como por ejemplo los de Hong Kong y Xinjiang.

Este artículo no tiene el ánimo de abordarlo politizado o ideologizado, sino que prefiere ser una tranquila crítica basada en las perspectivas socioculturales, con el objetivo de ofrecer la evaluación personal de un espectador nativo del país donde tenía lugar la fascinante historia de Mulán.

¿Una película feminista?

La película de animación homónima producida por Disney se estrenó en 1998 y cosechó una impresionante taquilla por valor de 304 millones de dólares. Sin embargo, sufrió a la vez críticas feministas porque en la historia Mulán se enamora con su jefe del ejército, Li Xiang, y su promoción de cargo se atribuyó a un presunto nepotismo vinculado con ese romance, lo cual desprecia la verdadera competencia de la heroína. Para respetar los reclamos feministas, en la versión live action, la famosa directora Niki Caro omitió el personaje de Li y dividió su papel en otros dos personajes: el comandante Tung y el soldado Chen. El primero es mucho mayor que Mulán, y no le muestra ningún cariño amoroso, mientras que el segundo, el coetáneo, tampoco le pide la mano hasta los últimos minutos de la película, y de manera bastante china –quisiera decir “implícita”. Tal vez a muchos espectadores latinoamericanos les aburra ver la película, ya que se trata de una historia casi “ascética”, aunque la mancha machista en la animada parece quedar perfectamente borrada.

Este no es el único ejemplo de defender el feminismo en la película. Es sabido que en la China antigua la sociedad se caracterizaba por la masculinidad agresiva, a cuyo efecto las mujeres solían vivir con un perfil bastante bajo. La historia de Mulán es extraordinaria porque pone de relieve que la mujer está dotada de la valentía, la perseverancia y la destreza de manejar el kungfu –el arte marcial chino- no inferiores a las que tiene el hombre.

Si bien el desempeño militar de Mulán es calificado de sobresaliente, mejor que muchos de sus compañeros varones, la película llegó al colmo haciendo de ella una combatiente omnipotente, con quien ninguno de sus rivales –todos masculinos- puede competir, incluido el enemigo más poderoso –el general Bori Khan, que termina vencido por ella en pocas rondas de pulseada. La única excepción es la Bruja, quien logra mantener abatida a Mulán por unos segundos en el suelo con un golpe duro. Los compañeros varones de Mulán, por su parte, quedan retratados como niños inútiles, cuya valentía, perseverancia y la destreza de manejar el kungfu se sitúan muy lejos del nivel que ocupa la protagonista. En víspera de la primera batalla, Mulán los tranquiliza asegurando: ¨No tengan miedo. Mañana los voy a proteger bien.¨ Y claro, cumple sus palabras.

A pesar de la aparente insistencia de resaltar el valor de la mujer menospreciando la competencia del hombre, lo paradójico de la película consiste en que no busca transformar el mundo en que vive Mulán, controlado totalmente por los hombres, ni se le ocurre cuestionar su legitimidad. La firme lealtad al emperador es el valor que más aprecia Mulán a lo largo de su historia. Toma como misión suprema la salvaguardia del monarca y, en distintas ocasiones, se declara orgullosa de ser su “soldado”. Por más envidiable que actúe la heroína en el campo de batalla, en casa obedece incondicionalmente las reglas y ritos impuestos por los padres o la comunidad, muchos de los cuales podrían calificarse de muy antifeministas si los contemplamos con el criterio vigente de hoy día.

Invencibilidad innata

Mulán es una gran maestra de kungfu, y lo era ya en su infancia. En la película, se ve a la niña correr con plena agilidad sobre el techo de las casas y jugar a la espada con movimientos muy complicados. Si bien el padre de Mulán es un veterano, la pierna minusválida le hace difícil enseñar el arte marcial a su hija. Tener una destreza tan sorprendente de kungfu a una edad tan joven permite pensar que la habilidad de Mulán es connatural.

Esta impresión parece coherente con la metodología narrativa de Disney revelada por el novelista argentino-chileno Ariel Dorfman junto con el sociólogo belga Armand Mattelart en su famoso libro “Para leer al Pato Donald”, la cual consiste en ignorar el proceso intermedio acumulativo, dejando visibles solamente el inicio primitivo y el fin consumado. De tal manera, en el mundo Patolandia, prototipo de una sociedad capitalista avanzada, hay materias primas y mercancías de consumo, pero producción no; la agricultura y los servicios están, pero la industria no; hay burguesía, pero no proletariado. La estrategia que aplicaba Disney con el dibujo animado tan popular en el Tercer Mundo tenía por objeto, según Dorfman, difundir la ideología que permitía a la clase dominante mantener su estatus privilegiado convenciendo a las dominadas de calificar de perfecta –o por lo menos razonable- una sociedad consumista, desindustrializada y de plena dependencia de los países centro.

Una escena de live action de Mulan, por la actriz Liu Yifei

Siguiendo la misma lógica, la película Mulán plasmó a su protagonista como una heroína invencible desde los primeros minutos de la historia. Su espectacular valentía, perseverancia y destreza de manejar el kungfu, cuya causa no fue explicada en la película, trae una impronta fatalista: los poderosos han sido poderosos desde su nacimiento, y los mediocres, que son mayoritarios, no son capaces de competir con ellos a pesar de los esfuerzos penosos que vienen realizando, tal como el caso de los compañeros de Mulán en el ejército. Los espectadores no acompañamos el crecimiento o evolución de Mulán, y nos limitamos a ser el testigo –y fanáticos- de su hazaña maravillosa. Cabría recordar que en la poesía original apenas se mencionaba el desempeño militar de la protagonista.

Interpretación simplista

El prestigioso crítico literario estadounidense Edward Said sentenció, al explicar lo que es el orientalismo, que el Oriente era un objeto de estudio “creado” por los intelectuales occidentales, al cual atribuían una serie de elementos imaginarios para conseguir un contraste negativo –culturas amenazantes, atrasadas, heterodoxas, etc.- y de ahí justificar la superioridad del mundo occidental y la colonización –o emancipación, en palabras suyas- que éste había lanzado o intentaba lanzar contra los países orientales. En el tiempo pre-Said, por falta de intercambios frecuentes y eficaces entre el Occidente y el Oriente, sería perdonable que los próceres intelectuales occidentales difundieran conocimientos orientales con visión parcial o sin mucho fundamento y que sus discípulos los copiaran simplistamente. En el Siglo XXI, cuando las dificultades técnicas ya son casi invisibles, la situación deberá mejorarse.

En el caso de la película “Mulán”, sí es notable la mejoría, ya que no estigmatizaron la historia china con los prejuicios preexistentes, pero amontonar simplemente los elementos culturales en el escenario para simbolizar China, sin tomar en consideración si su uso es lógicamente justificable, todavía constituye un problema del que no se liberó esta película ni muchas otras producidas por el Occidente en los últimos años.

Por ejemplo, la casa en la cual que vive la familia de Mulán se llama tulou (edificio hecho del barro), arquitectura emblemática de la antigua China que surgió por primera vez en el Siglo XIII, mientras que la historia de Mulán, basada en una leyenda narrada en la poesía, se remonta a un periodo entre el Siglo III y el V, según el consenso de los historiadores chinos. Otro ejemplo destacado es el famoso Tai Chi que el comandante Tung practica y enseña a los novatos soldados, pero ese arte marcial fue inventado a principios del Siglo XIV.

Algo similar pasó en la película español-argentina “Un cuento chino”, estrenada en 2011 y representada por Ricardo Darín, en la que la novia del protagonista chino Jun –ambos son campesinos de una región pobre del sureste del país oriental- se viste con un qipao, una ropa tradicional que representa la clase alta urbana.

Tulou, Tai Chi y Qipao, todos fueron bien conocidos por la comunidad internacional antes de la producción de las obras de la pantalla. Insertados en un contexto temporal o social al que de facto no pertenecen –pese a que la audiencia occidental, en su mayoría, no se habría dado cuenta-, estos signos culturales de China ofrecen el testimonio de que los profesionales en cinematografía del otro hemisferio tendrán que redoblar los esfuerzos a fin de profundizar aun más sus conocimientos sobre el gigante asiático, para que la audiencia a la que buscan servir, en vez de dominar, puedan conocer la realidad en la medida de lo posible, gracias a las obras que produzcan.

En este sentido, será interesante incentivar la cooperación del cine que le permita al equipo de producción acceder a un abanico de conocimientos diversificados y de calidad.

Todo es posible. ¡Que no seamos fatalistas!

(*) Gabriel Shan (单其悦), 32 años, Hangzhou, máster en filología hispánica (Universidad de Estudios Extranjeros de Beijing), doctorando en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), miembro de la Federación de la Juventud de China.

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