Un virus dedicado a mí

Uno de los aspectos más revulsivos de la pandemia es el racismo que ha exacerbado. En este segundo artículo sobre la comunidad china en Argentina estos días, el abogado chino argentino Zhuo Shili — blanco de la sinofobia en Buenos Aires— analiza el fenómeno con aplomo y profundidad.

Por Zhuo Shili

Cómo no internalizar cierta sensación de culpa. Demasiados no pudieron despedir a sus muertos, y la gente sigue muriendo por millares. Todos fueron obligados a irse de este mundo separados de sus seres querídos. Solos. Revisar el número de contagios y fallecidos se ha vuelto un hábito diario. Hay noticias que sólo muestran números; otras, las que vienen con nombres y fotos, son las que me hacen sentir que muero un poco. 

Pero ser el responsable por la muerte de los besos es otra cosa. 

“Chino” es mi nombre en la calle, la escuela y el trabajo, y a este virus le pusieron mi nombre. ¿Te acordás de la Ruta y la Franja, el segundo mayor PBI, la próxima potencia mundial, etc.? Suena a momentos cumbre de otros tiempos. ¿Le tocará a China ser el 鬼 (guǐ, fantasma) que asoma? El “virus chino” hasta debe sonar redundante. Pareciera que genera más pavor lo “chino” que el “virus”. Hay virus más malignos que otros y el “chino” sugiere que es el peor, algo que lo hace descomunal, ajeno y sobre todo, harapiento. 

En lo profundo, el “chino” nunca se identificó bien con su nomenclatura. Es un apodo que cosifica, está lejos del modo en que nos referimos a nosotros mismos en nuestro idioma y no guarda relación con el concepto que tenemos de nosotros mismos: 中国人, (zhōngguó rén, “el pueblo de la nación central”). En otras palabras, el “chino” es como el “indio” que no es: una denominación impuesta pero adaptada porque logró la ocupación efectiva en el espacio del uso común. Ese nombre tan escueto que empequeñece el sentido y es formidable para imponer la otredad. Puede indicar que todo “lo chino” es gigante, pero también que todo “chino” es diminuto. 

Hay un poco de doble ironía en esta larga y triste historia de nombres. El “virus chino” suena más tibio de lo que se solía escuchar en épocas menos políticamente protegidas, pero encontrándonos más aislados del mundo. Algunos nombres que aparecieron fueron “el enfermo de Asia” (the sick man of Asia) y “el peligro amarillo” (le péril jaune); sin embargo es el “virus chino” el que vino a quitarles fuerza poética a esos motes, sólo para reafirmarnos, con fuerza verídica, a los chinos como portadores eternos. 

Pero ¿cuántos de nosotros, los de un lado y del otro, podemos decir que estamos en el juego de la recriminación motivados con el propósito de una precisión científica? Es un juego creado para satisfacer la mezquindad, una ideología, un odio o disgusto personal y prejuicios ciegos.

Entiendo que está fuera de lugar pedir el esfuerzo de la corrección política en momentos como estos, cuando se despoja la gente hasta de los derechos humanos más fundamentales. ¿Cómo vamos a pedir tolerancia si nuestra vida y libertad están en juego? 

Es una vergüenza tener un virus a mi nombre. Por vergüenza, sólo puedo hablar por mí mismo. Otros chinos sienten enojo o desesperación. Algunos se ponen a la defensiva y contraatacan con mayor agresividad. Haya o no certeza sobre cómo se originó el “virus chino”, hay convicción pública suficiente para una presunción que prácticamente no admite prueba en contrario —y algunos antecedentes, lamentablemente, lo confirman. 

Cualquier persona que siquiera se anime a dudar sobre la procedencia de la peste, tal vez sienta que está cometiendo una bajeza. Que algunas figuras de la dirigencia china hayan planteado públicamente sus dudas, es irrespetuoso a los esfuerzos y a las circunstancias. Señalar al mundo occidental por su falta de preparación y ligereza previa ante la pandemia, corresponde mucho menos. Estar en un modo constante de preparación y alerta no debiera ser cómo se vive. 

El “chino” sí vive así y algunos creemos que el mundo debería emularnos. Compelido por un miedo constante al desamparo y a la arbitrariedad, poco importa en qué nivel social nos encontremos, un sentimiento latente de que el mañana no está garantizado nos invade permanentemente. El “chino” no es adicto al trabajo, tiene miedo a la pobreza. El “chino” no es materialista, tiene miedo a desposeer. El “chino” no está obsesionado con los hijos, tiene miedo a dejar de existir. Ser inútiles nos deshace como hombres y el ocio nos resulta sinónimo a esperar la muerte. Ante esta sensación de falta de amparo y seguridad jurídica con raíces históricas (notablemente debido a los eventos ocurridos entre los mediados del siglo XIX y finales del siglo XX), el “chino” sale de su país en busca de ese 安全感 (ānquán gǎn, sentimiento de estabilidad y/o seguridad). Sin embargo, muchos seguimos llevando adentro esa 野心 (yěxīn, ambición) que, sin frenos, genera comportamientos que rozan con lo bestial. Estemos en la nación central o en los “márgenes”, nunca dejará de ser una cuestión de supervivencia. 

Hacia afuera exportamos esta aspereza que conlleva defectos inevitables. Desafortunadamente, al “virus chino” le tocó simbolizar ante el otro, ese avance arrollador que estremece el bienestar frágil propio de algunos lugares atesorados, como el Viejo Continente. 

Pareciera que no nos alcanzaba rodearlo con lo material. Semejante a un enjambre inatajable, teníamos también que profanar su cuerpo, mediante nuestra última manifestación —que en su paso, además, descarta al que no le sirve, al que no es 利索 (lìsuo, ágil) y al débil. 

De lejos se avistaba a un dragón rojo moldeando una realidad que abrumaba la ficción. Occidente pensó que sólo en su reino era posible semejante cataclismo. Como expectantes de su temperamento, a los ajustes de gobierno y los cambios de hábitos los contemplaba desde un lugar seguro. La máxima distancia resistía. Lo surreal bloqueaba lo real. El modo de vida occidental y los valores universales (excepcionalmente del Occidente) se volvieron negociables de la noche a la mañana. La carencia de las cosas sencillas, como los apretones de manos que ya dan cosa darlos, son las que cambian paradigmas completos. Con aviso pero de repente, Occidente se encontró en una anti-sociedad en la que por fin vivió en carne propia esa pesadilla fantaseada de lo que es un mal lugar. Muchos conocen por primera vez el verdadero rigor de lo draconiano. Los sentimientos más primarios se apoderan de los occidentales, los debates son suprimidos para aclamar en su lugar la autocracia robusta y los barbijos, nuevos uniformes, esgrimen patente despersonalización. Esto es así para el “chino” que necesita desenvolverse en el extranjero y para el extranjero. 

A los que nos tratan a los chinos como virus, les digo que no es aceptable, pero entiendo su frustración. Por otro lado, debo hacer la autocrítica de que nosotros, el pueblo de la nación central, no somos libres de culpa en el área de la discriminación e intolerancia. Ojo, que el recurso de “los indios también se mataban entre sí” no subsana nada.  Si bien la intolerancia china no es generalmente directa (sino que es una reacción que se anticipa al rechazo percibido que creen, o les han hecho creer, que llegan de afuera), ésta opera en un nivel  muy homogéneo y cohesionado.

A su vez, esa homogeneidad facilita estereotipos propios de una nación recluida y cerrada, con una cultura impenetrable. La intolerancia es intolerancia, pero para los que tratan de practicar el esfuerzo sobrehumano de tolerar, esto es un caño de escape.

El fantasma del 自卑 (zìbēi, allanarse, humildad) vuelve a pesarnos a los chinos como lo hizo siempre. Es algo inherente a muchos pueblos históricamente marginados (comunidad china), que nos imponen un sentimiento de inferioridad pero al mismo tiempo nos arman con cierta perspicacia. Es fácil diferenciar al que es crítico debido a las circunstancias de aquel que tiene una fijación. De estos últimos, se puede leer y escuchar constantemente ese intento deshonesto de diferenciar a los “chinos” del “Partido Comunista Chino”, “sociedad china empobrecida por el Partido”, “producto de la Revolución Cultural”, etc. Algunos son más valientes, dan un paso adelante y creen encontrar fundamento en la “cultura”. Tratan de exhibir una actitud de repulsión tenue que hasta a mí me resulta agotador. El desprecio le es incontenible la mayoría de las veces. Algunos, convencidos de que la pandemia convalida sus prejuicios, desatan su ofensa impunemente, queriendo fomentar más a fondo la diferencia entre el “asiático dócil” y el “asiático amenaza” con la esperanza de que “los indios se maten entre sí”. 

Tampoco hay que ignorar la lamentable atmósfera de violencia y acoso que está viviendo el resto de las comunidades asiáticas en todo el mundo producto de compartir los orígenes en la misma región, algo que tristemente, en lugar de unirnos, muchas veces lleva a una discriminación intraasiática que según mi experiencia, llega a ser más feroz. 

Lo que es más grave son aquellos países miembros del bloque asiático que promueven el odio y explotan esta tragedia, obviando el hecho de que las repercusiones a gran escala, no respetarán las divisiones fronterizas. Hay algo en la falta de grandeza en los tiempos de necesidad que debería repugnarnos y convocar mayor reproche por parte de todos nosotros.

Obviamente que no todos los que asumen actitudes sinofóbicas portan esos sentimientos que señalo y es necesario hacer una diferencia entre el racista, una actitud racial, discriminación, ignorancia y el miedo. En mis casi tres décadas viviendo en Argentina con cara de “chino”, “ponja” o “coreano”, debí formularme un criterio sobre las etiquetas y los rechazos para hacer la vida más llevadera. 

El racismo que vemos hoy está más fundado en el miedo que en el odio. Es por este motivo que soy renuente a igualar el racismo-odio con el miedo generalizado. A China también le falta el contexto y la experiencia que muchos países tuvieron con respecto a lo que se puede hacer y no en las relaciones interculturales debido a su historia limitada con la inmigración de occidentales. Hay extranjeros residiendo en China, que en este mismo momento están padeciendo una situación de discriminación, tanto social como institucional. Es debido a la falta de experiencia, lo que puede subsanarse hablando. 

A muchos les molesta esta posición que tomo. Pareciera que no me estoy esmerando con la denuncia al querer examinar ambos lados. El racismo no se justifica, clarísimo. Pero la falta de empatía, tampoco.

Esta es la experiencia que puedo transmitir gracias a mi convivencia con el racismo. Mi mensaje a la comunidad asiática es que adoptemos una actitud por encima de los malos tratos, gestos y las miradas sospechosas. Es necesario señalar los prejuicios con firmeza, tanto los que provienen de nuestra parte como los que llegan de afuera, pero proporcionalmente y no escalar las agresiones. Para eso es importante la empatía, distinguir al que tiene mala fe del resto de las personas que simplemente son superadas por las circunstancias.

Estamos en abril. Buenos Aires y 北京 (Běijīng) están en esos pocos días del año en que sus temperaturas de 20 grados coinciden. Más excepcionalmente, coincide el azul de sus cielos. El sol se muestra suave y amigable. Son esos días en que uno se dice “nada me puede angustiar”. Pero es el otro clima bajo las nubes, el del humor de las personas, lo que resulta irreconciliable con la atmósfera de un buen día. Lo gris se encuentra en la calma de las calles y en los rostros de los pocos transeúntes que pueden justificar sus libertades. La contaminación dejó de estar en lo alto, para estar en el suelo, entre los cuerpos y las mentes. Hay un peligro real, y la pandemia paralela de miedo y pánico es la más nociva. El temor disparado por la incertidumbre me aterra como a vos. ¿Volverán los besos o estaremos ante un mundo diferente para siempre? 

Volverán, como siempre.

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